MADRID 13 Feb. (OTR/PRESS) -
Hay muchas clases de mentiras. La mentira cortés, que lleva implícito el deseo de no hacerte daño; la mentira comercial, que la usa desde el modesto vendedor de coches usados hasta el presidente del consejo de administración en la reunión general de accionistas; la mentira emocional, muy usada en los ligues de fin de semana; la mentira curricular, donde pasar por la puerta de la Universidad casi significa "cursar estudios de..."; la mentira de los educadores, donde la falta de inteligencia de los alumnos se les explica a los padres con eufemismos... y un larguísimo etcétera.
Pero la mentira que me desasosiega, me abate, me enrabia, y me cabrea, es la mentira de los políticos, expresada con la convicción de que los ciudadanos a los que se dirigen tienen un profundo retraso mental, una inteligencia escasa o adormecida, es decir, que son estúpidos, tontos o gilipollas, o puede que las tres cosas a la vez.
Cuando María Jesús Montero dice que el injusto, afrentoso y desigual trato económico que se da a las autonomías que sueñan con la independencia -en comparación con el rigor con el que se trata al resto de las autonomías españolas- no es así, sino que es igualitario, esa inmensa y atroz mentira me ofende. Cuando las tontas ideologizadas, que se sientan en determinados ministerios, respetan el cauce de ríos y barrancos, pero no respetan las vidas de los españoles, que mueren por no haber previsto, inundaciones y riadas -que se producían antes de que fueran novios sus padres y sus abuelos- me irritan, cuando me explican que eso son cosas que pasan sólo por el cambio climático. Cuando Patxi López me explica que el referente de la socialdemocracia española no es Felipe González, y pone expresión de que sabe que quien le escucha se va a creer la patraña, me enfurece. Y cuando Pedro I, El Mentiroso, asegura que todo es correcto en nuestros trenes, y que las inspecciones y las inversiones son las adecuadas, me encrespa, porque si todo está bien ¿porqué van tan despacio los trenes?
¿Además de insultarnos, creyéndose que somos tontos, nos quieren perjudicar y agraviarnos y jodernos? ¿Se trata del sadismo progresista o confían en que, si no actuamos, será porque tienen razón, y somos estúpidos? La mentira se puede soportar, pero la mentira que supone tratarnos como discapacitados psíquicos, y cobrarnos impuestos tal que si fuéramos tan ricos como inteligentes, me exaspera. A la mentira casi diaria ya nos hemos acostumbrado. Pero que, todos los días, la mentira vaya acompañada del insulto, resulta excesivo.