Rafael Torres.- El desamparo de los bomberos

Actualizado 26/04/2008 2:00:34 CET

MADRID, 26 Abr. (OTR/PRESS) -

Que las víctimas del incendio de Écija fallecieran inmediatamente de iniciarse éste a consecuencia de la aspiración del humo tóxico, cual sucede en la mayoría de los incendios, no quiere decir que los bomberos acudieran con prontitud y diligencia, pero tampoco, desde luego, lo contrario. Los bomberos pudieron haber tardado poco o mucho con independencia de que los atrapados hubieran o no sucumbido a su llegada, aunque si ya estaban muertos puede decirse que, por muy poco que tardaran los bomberos, se llegó demasiado tarde para su salvación.

Sin embargo, esas consideraciones resultan, por obvias, casi irrelevantes en el caso de Écija, donde parece seguro que nadie hubiera conseguido salvar a quienes murieron antes de que pudiera emprenderse ninguna acción de socorro, pero la chusma enfurecida que quiso linchar a los bomberos, según vimos en las escalofriantes imágenes de la televisión, no estaba en disposición de atender a consideración racional alguna porque, sencillamente, era eso, chusma, una chusma demenciada a la importaba menos la muerte de las víctimas que dar rienda suelta a su odio, a sus frustraciones y a su violencia. Detenidos los agresores ahora, al fin, se ha sabido que se trataba de hampones, delincuentes y gente cruda cuyos sentimientos no precedieron en modo alguno a su indignación, cosa que, por otra parte, ya se pudo colegir al verlos actuar.

Pero al margen de las sombras que puedan quedar sobre el servicio antiincendios de Écija (bien o mal dotado) o sobre la actuación de los bomberos (que cuando no acuden prestos es porque no se les llama o se les llama tarde), quedan otras que deberían dilucidarse, como, por ejemplo, la pasividad de las fuerzas del orden, policía local y guardia civil, mientras los vándalos atacaban a los bomberos con una violencia inusitada. Al bombero conductor le salvó el camión, el casco y su serenidad, pues de no haberse hallado a su resguardo, no habrían sido los agentes del orden, desbordados e impávidos, los que le habrían salvado de una muerte tan atroz como cierta.

Rafael Torres.