MADRID 5 Feb. (OTR/PRESS) -
Hasta los 16 años, los menores tendrán que conformarse con ver a sus mayores enganchados a las redes sociales. Luego ya sí, la ley les permitirá engancharse a ellos. O dicho de otro modo: como pronunciamiento polìtico y sanitario contra la tiranía embrutecedora de Internet, la ley que sobre el particular ha anunciado el presidente Sánchez está muy bien, pero podría estar mejor, toda vez que los chicos no hacen lo que se les dice, ni lo que les dice la ley siquiera, sino lo que ven, y lo que ven es un mundo arrodillado ante las siniestras magias tecnológicas en manos de tipos como el nazi Elon Musk, que aún se atreve a tildar de fascista a quien, como Sánchez, trata de limitar su inmenso poder.
Cuando se ha despojado a los niños y a los adolescentes mediante el uso de esa tecnología de cuanto les permite crecer, a ellos y a sus mentes en agraz, a la par de sus descubrimientos reales sobre la vida, sobre sí mismos y sus relaciones con los otros, tal vez sea tarde para enderezar semejante entuerto, aunque por huir del catastrofismo habrá que pensar que nunca lo es cuando la dicha es buena, y Pedro Sánchez se ha abonado a ese optimismo cuyo valor no ha de medirse por sus efectos prácticos, que presumo escasos, sino por lo que contiene de desafío quijotesco a los amos del mundo.
Fijar en los 16 años la edad en que por ley el joven individuo puede empezar a alienarse quedándose atrapado en esas redes tejidas de algoritmos perversos, está bien, pero eso viene a ser como tener un tío en Alcalá, que ni tienes tío, ni tienes na. ¿Cómo va a impedir la ley que los menores de esa edad accedan al muladar? ¿Resignando la obligación de impedírselo en los dueños de él, como parece que se pretende hacer? ¿Es imaginable un Elon Musk, o un Zuckerberg, o un Gates, laborando por el bien de la humanidad? Nunca trabajarán por la ley, sino por la trampa.