Publicado 20/08/2026 08:00

Rafael Torres.- Magos

MADRID 20 Ago. (OTR/PRESS) -

Una fecha, 18 de agosto, ha unido indisolublemente la memoria de dos magos españoles, Federico García Lorca y Juan Tamariz, uno de la palabra y el otro de la ilusión, es decir, ambos magos de la misma magia. Encontraron la muerte un 18 de agosto, Federico a manos de unos canallas y Juan en el extremo de una vida intensamente vivida. Estos dos genios dieron lo mejor de sí a sus semejantes y al irse dejaron encendida la luz.

Aunque el cuerpo inhallado de Lorca sigue buscándose después de que fuera acribillado por un piquete a las órdenes de la hez de España, la luz que contenía sigue encendida, iluminando la senda de los que aman sin miedo al amor, y así, como la suya, continuará brillando la que nos deja ese madrileño enjuto y melenudo que a su condición de maestro supremo de la cartomagia añadió la de ser, como se decía antes, una bellísima persona. Pero Juan y Federico compusieron el número de magia más hermoso, el de conectar los frutos de la alta cultura con la sensibilidad popular.

Juan Tamariz no era manco, pues de serlo no habría podido rematar sus números de naipes vivos tocando el violín invisible que, por arte de magia igualmente, el público veía. No era manco, pero podía haberlo sido, como Valle, como Cervantes... o como René Lavand, el irrepetible cartomago argentino que perdió de chico su mano derecha (¡era diestro!) en un accidente de tráfico. Es más; tanto podía haber sido manco Tamariz sin menoscabo del excelso trajín de su arte, que comenzó su carrera de ilusionista haciendo de manco precisamente junto a su amigo Juan Antón. Hacían juntos los trucos cada uno con una mano y se anunciaban así, "Los mancos".

René Lavand, que acompañaba sus números de "lentificación" relatando las historias que le escribían sus amigos literatos, y que embelesaban a espectador tanto o más que el baile de su única mano sobre las cartas, introducía, mientras sus dedos danzaban quedamente, la coletilla "no se puede hacer más lento, no se puede". Tampoco se puede, con la lentitud que otorga la inmortalidad, entregar al mundo más magia, ni más profunda, que la que dejaron Juan y Federico, Federico y Juan, al irse sin apagar la luz.

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