MADRID 14 Jul. (OTR/PRESS) -
A Mariano Rajoy no le parecen franceses los jugadores franceses de la Selección Francesa, cuando, como diría él en uno de sus célebres trabalenguas, son muy franceses y mucho franceses. ¿Por qué le pasa eso al ex-presidente? ¿A qué puede deberse esa su percepción tan distorsionada de la realidad? ¿Racismo? ¿Ignorancia? ¿Cuñadismo extremo? ¿Las tres cosas a la vez?
A M. Rajoy no le parecen franceses los jugadores de la Selección Francesa, lisa y llanamente, porque son negros, y el hombre, rehén de esas tres disfunciones del discernimiento, debe pensar que un negro no puede ser francés. El hecho incontrovertible de que esos chicos del combinado del país vecino lo sean, y que todos, salvo tres, hayan nacido en la propia República Francesa, no consigue apearle de su extravagante convicción ni mucho ni poco, y metido a columnista como se metió a presidente del Gobierno, es decir, sin tener ni idea, la desarrolla en su artículo como sólo él sabe hacerlo, creyéndose un fino humorista: "tienen un equipo espléndido. Eso sí, sin franceses".
En un mundo rajoyano, la Selección Española de fútbol sería más francesa que la Francesa: tenemos a Aymeric Laporte, y hasta hace poco a Robin Le Normand, blancos los dos y franceses hasta la médula, si bien nacionalizados españoles. Se ve que Rajoy no acaba de entender qué demonios es una Nación, y menos una nación como Francia, tan rica desde antiguo merced a su deslumbrante diversidad. Pero nuestro hombre no concibe que alguien de piel oscura pueda ser francés, y menos mal que no escribía artículos absurdos cuando en nuestro combinado, que hoy tanto mejoran Lamine Yamal y Nico Wiliams, jugaban Ansu Fati, Adama Traoré, Diego Costa o Marcos Senna, porque habría dicho que la Selección Española era buena, pero eso sí, sin españoles.
Los franceses de todas las tonalidades cromáticas se han indignado con las palabras de Rajoy, pero es que no le conocen. Claro que si le conocieron, esto es, si le hubieran tenido de presidente de su gobierno, se habrían indignado en su momento mucho más, y no por sus palabras, sino por sus hechos.