MADRID 3 Feb. (OTR/PRESS) -
La mayoría de los violentos enmascarados que persiguen latinos son latinos, en torno al 60%. Los propios asesinos del enfermero Alex Pretti se llaman Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez; no es difícil determinar su orígen. Los llevó Trump del sur de Texas a Minneapolis para sembrar el terror entre sus paisanos en lo que podría sugerir un doble propósito de limpieza étnica: de una parte, contra los inmigrantes hispanos que según el fascio norteamericano amenazan demográficamente la preeminencia del hombre blanco, caucásico, y de otra, contra los mismos esbirros, hispanos igualmente, que se lanza contra ellos, despojándoles a cambio de unos cuantos dólares de toda dignidad. Estos evocan a aquellos policías judios de los guetos que, tocados con una gorra de plato y blandiendo un chuzo, ayudaban a los nazis a llenar los trenes hacia los campos de concentración.
De Jesús Ochoa se sabe de su notable grado de integración social: posee 25 armas de fuego de todas clases y calibres. Le fascinan las armas, y según se ha visto, no tanto en armarios o vitrinas como en acción. Desenfundó su pistola contra el hombre caído como había visto en tantas películas americanas, en casi todas en realidad, y lo cosió a tiros. De las diez balas que recibió a quemarropa el enfermero, no se sabe todavía cuántas procedían del arma de Ochoa y cuántas de la de Gutiérrez, pero sí que todas ellas del designio erradicador de la civilidad que inspira los salvajes pogromos de Trump.
"Nadie es ilegal en tierras robadas" se oyó decir lúcidamente a Billie Eilish en la gala de los Grammys. Nadie es ilegal en Norteamérica, o lo son todos, salvo los indios, pero si hay que buscar a los más ilegales, se encuentran en los epígonos de aquellos caucásicos que diezmaron a los indios y acabaron con los bisontes que les alimentaban. En el sindiós que desatan, mandan latinos armados contra latinos inermes, y sólo recogen velas momentáneamente cuando en su furor homicida matan caucásicos también. Tierras robadas a la razón.