Actualizado 19/11/2011 13:00

Antonio Casado.- Hablan las urnas.

MADRID 19 Nov. (OTR/PRESS) -

Mientras arreciaba el vendaval de los mercados contra la deuda pública de España, entre otros países de la eurozona, sonaban las últimas tracas electoralistas de una campaña exenta de emociones fuertes. Desde el primer momento se generalizó la percepción de que Mariano Rajoy iba a ganar las elecciones del domingo sin bajarse del autobús y, efectivamente, el paso de los días no ha hecho sino confirmarlo.

Los quince días de actividad regulada en el BOE, como campaña electoral propiamente dicha, no han alterado en absoluto la apabullante coincidencia de los sondeos en materia de expectativas de voto. El fin de la violencia terrorista, la prima de riesgo al borde del rescate, el cuerpo a cuerpo televisado Rubalcaba-Rajoy, la reaparición de Felipe González, los mítines multitudinarios del PP, lo que se dijo o lo que se dejó de decir... Nada de eso ha servido para modificar esa enorme pulsión de cambio que los expertos en demoscopia atribuyen a estas elecciones generales.

En cuanto a las estrategias, tanto la del PSOE como la del PP han sido muy previsibles. Sobre todo la de Rubalcaba, presentando al PP como un depredador del Estado del Bienestar y a Rajoy como un virtuoso de la ambigüedad. En cuanto al candidato del PP, no menos previsible ha sido su resistencia a concretar decisiones a tomar y a cruzarse dialécticamente con su adversario, según una línea deliberada de actuación consistente en no correr riesgos. Algo bastante lógico, a la vista de unos sondeos que anticipan una sobrada mayoría absoluta para su partido.

Sin embargo, estos últimos días de la campaña han dejado la sensación de que Rajoy no ha sido capaz de conjurar las acusaciones preventivas de Rubalcaba respecto a un presunto desmantelamiento de servicios públicos esenciales. En sus últimas declaraciones públicas, el líder del PP solo se ha comprometido a mantener el gasto en pensiones y en el pago de la deuda, pero se ha abstenido de ser tan contundente en sanidad, educación y prestaciones por desempleo.

Además, el candidato socialista ha insistido al final en el peligro de una mayoría absoluta en manos del PP, en un último intento de despertar a la parte desalentada del voto socialista. Aún así, no parece que eso vaya a impedir esa lluvia de escaños azules que se avecina para la noche del domingo. Ni eso ni ningún otro elemento generado por la campaña electoral va a corregir la profunda demanda de cambio político que se detecta en las elecciones del domingo.

Con el lastre de los cinco millones de parados y la generalizada opinión de que el Gobierno Zapatero no dio la talla frente a la crisis económica, es imposible un desenlace distinto al previsto para la noche del 20-N. Los ciudadanos hablan a través de las urnas. Y eso es lo que ahora toca.

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