MADRID, 26 Jun. (EUROPA PRESS) -
Dos estudios independientes, publicados esta semana en la última
edición de la revista Nature, podrían explicar por qué algunos bebés
nacen pequeños y confirmar, además, las teorías evolutivas sobre la
competición entre los genes de los varones y las hembras.
Los bebés con poco peso al nacer tienen más tendencia a morir
recién nacidos y sus riesgos de sufrir problemas en su desarrollo
físico o mental son mayores. El bajo peso al nacer se asocia,
también, con un aumento en el riesgo de afección coronaria, diabetes
del tipo 2 y problemas respiratorios en su vida posterior.
Los autores de uno de los estudios, perteneciente s la Universidad
de Cambridge (Reino Unido) informan que la escasez de una molécula
asociada con el desarrollo de la placenta (llamada PAPP-A), producida
durante el primer trimestre del embarazo, puede tener relación con el
bajo peso. Esto indica que el bajo peso al nacer puede haber sido ya
determinado en el momento en que suelen empezar los chequeos
rutinarios, es decir a las doce semanas.
El crecimiento fetal se puede controlar mediante un fenómeno
llamado "impresión genética", que controla la expresión de los genes
de un feto de forma diferente, dependiendo si el gen procede del
padre o de la madre. El padre contribuye a un gen que codifica el
factor de crecimiento del tipo de la insulina (IGF). Más IGF supone
una mayor placenta que abastece al feto de más nutrientes.
El resultado es un bebé crecido y sano que aumenta la posibilidad
de que esta característica pase a los genes de la siguiente
generación del varón. En interés de la madre, esta expresión genética
se contrarresta por sus propios genes, que controlan el tamaño de su
bebé, evitando que invierta toda su energía en un solo nacimiento.
Esto permite a la madre reproducirse más de una vez de forma que
muchos de sus genes puedan sobrevivir en subsiguientes generaciones.
Un segundo estudio, también publicado en la misma edición de
Nature, dirigido por especialistas del Brabraham Institute de
Cambridge, ha testado directamente esta "teoría del conflicto" al
extraer en concreto el gen IGF de la placenta de ratones. Esto ha
permitido que la contribución de los genes masculinos, su impresión
genética, pueda ser analizada en profundidad.
Según ellos, los ratones mutantes tenían una placenta más pequeña
y una menor capacidad de transportar nutrientes, lo que ha dado lugar
a fetos más pequeños de lo normal. Dado que el gen IGF procede del
macho, este trabajo demuestra la primera evidencia de la teoría del
conflicto en la placenta, lugar de intercambio entre la madre y el
hijo.