Una desastrosa audición con derroche de pasión: Así se conocieron Lars Ulrich y James Hetfield

Así se conocieron Lars Ulrich y James Hetfield
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Actualizado 30/04/2019 17:20:27 CET

MADRID, 30 Abr. (EDIZIONES - David Gallardo) -

Absolutamente nada hacía presagiar que el traslado de Lars Ulrich en 1979 desde Copenhague hasta Florida fuera a resultar trascendental para el devenir de la historia de la música contemporánea en general y del entonces underground heavy metal en particular. De hecho, teóricamente no lo fue, si bien es cierto que esa decisión tomada por sus padres cambió el rumbo de los acontecimientos.

El motivo de semejante mudanza transoceánica era que el joven Lars (Gentofte, Dinamarca, 1963) entrara en la prestigiosa Nick Bollettieri Tennis Academy de Tampa -factoría de la que han salido Andre Agassi, Maria Sharapova, Venus y Serena Williams o Jim Courier- para así seguir los pasos de su padre Torben Ulrich, tenista profesional de solvente trayectoria internacional.

El problemilla era que el aspirante a tenista en realidad tenía otra obsesión que nada tenía que ver con el deporte. Porque por aquel entonces, con apenas 16 años y gracias al espíritu libre de su padre, ya había visto en directo a bandas como KISS o Deep Purple. Experiencias que le habían animado a hacerse con su primera batería allá por 1976 y a posicionar al heavy metal como su principal obsesión.

Unos pocos meses soportó Lars el régimen miliciano de la academia de tenis y en la primavera de 1980, para evitar regresar inmediatamente a Copenhague, se largó a visitar a unos conocidos en San Francisco (California). Allí hizo su habitual visita a cualquier tienda de discos y allí mismo quedó estupefacto al sostener en sus manos el vinilo del debut homónimo de Iron Maiden, editado días antes y que por supuesto adquirió.

El joven muchacho regresó a Dinamarca pero la fortuna se alió de nuevo con él cuando su padre, ya veterano en el circuito tenístico, tuvo que mudarse por motivos profesionales a Estados Unidos. A Newport Beach (California), concretamente. Allí sus padres insistieron por última vez con el tenis pero finalmente Lars se salió con la suya y se compró una batería con la promesa de aprender a tocar en diez días.

HOLLYWOOD BLVD

"El primer concierto al que acudí en Hollywood fue el de Yesterday & Today en el Starwood", rememora Ulrich en la biografía 'Nacer, Crecer, Metallica y Morir' (escrita por Paul Brannigan e Ian Winwood y editada en castellano por Malpaso en 2018), donde añade: "Había 200 personas pero todos se lo estaban pasando en grande. Había alcohol, había tías y en esa época no tenías que ir al baño para meterte algo. Empecé a pensar que tal vez eso era más divertido que estar ajustando derechazos a la línea".

Y aún continúa con su declaración de intenciones: "Mi aspiración no era montar los siguientes Deep Purple, solo quería pasármelo bien tocando con otros y, si llegábamos a actuar en los clubes de Los Ángeles con regularidad, ya me daba con un canto en los dientes". Esa aspiración creció después a medida que fue conociendo a otros fanáticos de la New Wave of British Heavy Metal (NWOBHM).

Juntos se zambulleron en la música de Saxon, Angel Witch, Trespass, Witchfinder General, Silverwings, Motörhead o Budgie, dejando crecer en su interior su propia obsesión. No había ya otra opción y Lars Ulrich terminó publicando un anuncio en la revista especializada Recycler: "Batería busca otros músicos con los que tocar con influencias de Tygers of Pan Tang, Diamond Head, Iron Maiden".

Eran otros tiempos, no estaba toda la información imaginable a un click de distancia, pero la respuesta llegó en mayo de 1981 desde la localidad cercana de Norwalk. Al otro lado estaba James Hetfield (Downey, California, 1963), un chaval retraído y tímido hasta el infinito, que había encontrado en la música el escape a una juventud marcada por el abandono de su padre y la muerte de su madre.

Quedaron en conocerse en un estudio de Fullerton y allí se plantaron a la semana siguiente. No fue un encuentro épico. Digamos que no se vieron a sí mismos incontablemente ricos y llenando estadios de todo el planeta en 2019. No vieron el futuro del heavy metal el uno en el otro. Lars, incansable al sonido de su propia voz, era la antítesis de James, pero por lo menos tenían intereses comunes.

El guitarrista no tenía un especial interés en ser vocalista y el batería apenas sabía tocar y marcar algún ritmo. La ausencia de cualquier tipo de magia fue evidente para James, quien recogió sus bártulos y se volvió a casa sintiendo que había perdido el tiempo. Lars, por su parte, todo entusiasmo y determinación, estaba feliz por haber tocado con alguien.

"No congeniamos de entrada. Tenía un kit de batería que parecía sacado de una caja de cereales, y a James le gusta ir contándole a la gente que cada vez que le atizaba a un platillo todo se venía abajo", relata divertido Ulrich, quien apostilla con socarronería: "También le gusta decir que yo olía mal, porque por supuesto a los europeos no les va eso de lavarse".

LA LLAMADA DEFINITIVA

Pasaron meses sin volver a verse, hasta que en octubre de aquel mismo 1981, debido a los contactos conseguidos por su verborrea interminable, Lars consiguió colar una canción de 'su banda' en una recopilación de bandas metaleras locales sin contrato discográfico. La parte negativa es que tal banda no existía. Pero, ajeno a la realidad, Lars optó por llamar a James para preguntarle si quería salir en un disco.

La respuesta afirmativa al otro lado del auricular marca el nacimiento de Metallica antes incluso de que sus fundadores hubieran sido capaces de imaginar a Metallica. En una perfecta jugada de trilero, el batería había engañado al editor del álbum al asegurarle que tenía un grupo cuando en realidad no lo tenía, y también había engañado a James Hetfield al dar por seguro que grabarían algo cuando eso no estaba en absoluto claro. Pero todos tiraron millas.

"En ese momento, Hetfield era la persona más tímida con la que me había cruzado en mi vida. Le costaba horrores decir un simple 'hola' o mirar a los ojos", recuerda Ulrich, quien subraya que, a pesar de esa actitud, "se le notaba que tenía pasión por la música y talento, aunque fuera tan introvertido". "Parecíamos la conjunción perfecta, yo podría ayudarle a sacar esas cosas de entro y él podría compensar mi falta de talento. Como una especie de yin y yang", añade.

James Hetfield lo recuerda desde su perspectiva: "Compartíamos la actitud de 'hay que hacer algo, joder'. Yo sabía que él estaba muy bien relacionado y que iba sobrado de iniciativa. Me había juntado para tocar con otros tíos pero los mandaba a paseo porque no daban la talla. Con Lars la cosa funcionó de otro modo. Cuando me puse con Lars, seguía sin confiar en nadie, pero al menos nos gustaba la misma música".

Estaban juntos, vale, pero no teníam canción que incluir en el recopilatorio y se acababa el plazo. En la tradición milagrosa de las más grandes epopeyas, la pareja consiguió entregar en el último minuto una primitiva versión de Hit the lights -obra de Hetfield y su viejo colega Hugh Tanner- casi al mismo tiempo que adoptaban el nombre de Metallica a propuesta del batería.

La pareja registró el tema en un cuatro pistas el día antes de la masterización, con Hetfield encargándose de voz, bajo y guitarra -con solos como 'músico gratuito de sesión' del desconocido guitarrista jamaicano Lloyd Grant para dar empaque- y Ulrich de la batería.

La banda se formó oficialmente el 28 de octubre de 1981 y en unas horas ya tenía su primera canción en un recopilatorio llamado Metal Massacre en el que aparecieron por error como Mettallica. Muchos capítulos estaban por escribir y se escribieron hasta llevar al grupo el olimpo absoluto del heavy metal.

Y así nos plantamos en la primavera de 2019, con Metallica a punto de regresar a España para actuar ante 68.000 fans este 3 de mayo en Madrid y otros 55.000 el día 5 en Barcelona. Un abrumador presente imposible de imaginar en 1981... para todos menos para Lars Ulrich. Él siempre lo supo.

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