Huérfanos de violencia de género que presencian el crimen: "Genera un trauma, una ruptura de todo su mundo"

Publicado 21/09/2019 12:02:37CET
Niña en un columpio
Niña en un columpio - ARCHIVO

   En lo que va de 2019, 32 menores han perdido a su madre por este tipo de violencia, de los que al menos 7 fueron testigo del crimen

   MADRID, 21 Sep. (EUROPA PRESS) -

   Psicólogos especializados en violencia de género explican que "es habitual" que los hijos que presencian el asesinato de una madre a manos del propio padre, o bien de una pareja o expareja de ella, desarrollen un trastorno de estrés postraumático. "Genera un trauma muy grave, un trauma es una ruptura de todo su mundo, de sus esquemas mentales previos sobre sí mismos, sobre cómo es el mundo y cómo son los demás", explica a Europa Press la psicóloga Bárbara Zorrilla.

   Esta última semana, en apenas 48 horas, dos mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas, y en ambos crímenes los hijos

   de corta edad de las víctimas fueron testigos del asesinato. De acuerdo a los datos oficiales, los huérfanos menores de edad por violencia de género ascienden a 32 en lo que va de año y a 263 desde 2013, momento en el que comenzó a contabilizarse a los menores que se quedan sin madre por este tipo de violencia.

   De los 32 huérfanos que forman parte del recuento oficial en lo que va de 2019, al menos siete presenciaron el crimen, lo que supone aproximadamente el 22%. Se trata de las dos hijas, de 8 y 10 años, de la última mujer asesinada en Madrid; otros dos, de 4 y 7 años, de la mujer asesinada en Valga (Ponteverdra) el pasado lunes; otro niño, de 7 años, cuyo padre asesinó presuntamente a su madre y hermano en una cueva de Adeje (Tenerife) el pasado mes de abril; otro, de 15 años, que fue testigo del crimen en Estepona (Málaga) en marzo; y otro, de 16 años, que fue herido intentando defender a su madre en Fuengirola (Málaga).

   Aparte de los que fueron testigo del crimen en 2019, al menos otros cuatro encontraron el cuerpo sin vida de su madre tras el crimen, tras lo que pidieron auxilio. Esto sucedió el pasado mes de marzo, en Loeches (Madrid), donde dos menores, de 11 y 5 años, hallaron los cuerpos de los progenitores con heridas de arma blanca --el hombre se suicidó tras matar a su mujer--. En abril, la hija adolescente de una mujer asesinada por su pareja en Olot (Girona) halló su cadáver al regresar a casa; al igual que le sucedió a otra, de 14 años, en Agüimes (Las Palmas) el pasado mes de mayo.

   En todo el año pasado se registraron 48 asesinatos por violencia de género. Al menos cuatro menores de edad estaban presentes en el escenario del crimen, según los datos recabados por Europa Press, teniendo en cuenta que las estadísticas oficiales no segregan las cifras (ni por edad, ni diferencia entre los que vieron o no el asesinato, entre otros aspectos).

CONSECUENCIAS PSICOLÓGICAS

   La psicóloga señala que el trastorno de estrés postraumático se manifiesta de manera diferente en función de la edad, la personalidad o el tipo de crimen, si bien hay una serie de síntomas generales. Uno de ellos, llamado 'reexperimentación', se traduce en "flashbacks, pesadillas y recuerdos intrusivos, una y otra vez" de las escenas del asesinato. "Los más pequeños pueden hacer dibujos sobre el tema o sobre las emociones que les evocan e incluso, a veces, observamos un juego repetitivo con elementos del suceso violento", precisa en declaraciones a Europa Press.

   Otro de los síntomas es la evitación de cualquier estímulo que ellos asocien al hecho violento; y el tercero es la hiperactivación porque "la ansiedad se dispara, están siempre alerta, sin bajar la guardia porque se sienten continuamente bajo amenaza".

   "El apoyo psicológico es fundamental para tratar que las secuelas no se cronifiquen, porque pueden llegar a arrastrarse de por vida", apunta, matizando que debe ser "un apoyo a largo plazo y sostenido en el tiempo" e individualizada para cada niño.

   Para la especialista, es relevante además el "sentimiento de inseguridad" que produce a estos niños y niñas el hecho de que el padre sea el asesino, teniendo en cuenta que esa persona, que "tiene la misión de cuidarles y protegerles", hace todo lo contrario. "Lo primero que necesitan estos niños y niñas es sentirse seguros y a salvo, por lo que hay que protegerles de la persona que les ha infligido el daño y garantizarles un espacio libre de violencia", subraya.

    "Un niño lo que necesita es seguridad y amor", defiende también el psicólogo Javier Urra, primer Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid desde el año 1996 hasta 2001. Además de darle "cariño", también necesitan "un buen profesional al lado" y "un acompañamiento afectivo", declara a Europa Press.

   "Lo que hay que hacer es protegerlo y buscar la normalidad, los horarios, ir al colegios, que jueguen con otros niños, eso les despejará, aunque haya momentos que lloren y no entiendan nada o que estén golpeados por las imágenes", añade. Para el especialista, "aunque el diagnóstico es malo porque están quebrados", su "pronóstico" no lo es.

   Por otro lado, Urra recalca el "dilema" que se genera en esos menores en torno a la figura paterna, al igual que destaca Zorrilla. "Esa figura es la causante del miedo y la violencia pero, al mismo tiempo, sobre ella recaen sentimientos de afecto, porque es su padre y les educan para quererle", recalca la psicóloga.

LA FAMILIA, TAMBIÉN PROCESO DE RECUPERACIÓN

   Zorrilla destaca que estos menores, a pesar de su vulnerabilidad, "son personas altamente resilientes, con una gran capacidad de adaptación y de superación de las reacciones adversas". En cualquier caso, afirma que la ayuda de las instituciones y del entorno más cercano "es fundamental" en el proceso de recuperación de estos niños, así como de la familia directa de la víctima mortal.

   Al respecto, la psicóloga hace hincapié en que la familia más cercana --que es la que suele quedarse con la tutela de los huérfanos por violencia de género-- "también ha sufrido una pérdida" y se enfrentan a ese mismo proceso de recuperación. "Toda la familia necesita ayuda para que puedan mantenerse física y emocionalmente cerca de los menores, para que puedan estar disponibles y favorecer la expresión de emociones", dice.

   Los familiares, según afirma Zorrilla, deben "prestar mucha atención al manejo" de la información acerca del suceso. "Hay que responder a las preguntas que les hagan con sinceridad, pero no dando más información de la que pueden asimilar en función de su periodo evolutivo; en niñas y niños más mayores, hay que romper el tabú del asesinato porque la familia suele estar tan dañada que muchas veces no está preparada para hablar de lo que pasó", apostilla.

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