Laura Donis, CEO De Empower - MERCEDES HERRAN
Año nuevo, vida nueva. Comenzamos 2026 llenos de propósitos y deseos más o menos realistas, pero todos con el objetivo de que se produzca un cambio. Sin embargo, no hay cambio posible si no sabemos exactamente qué es eso que queremos cambiar. Yo, personalmente, lo tengo claro: la forma en la que se celebra la Navidad en una sociedad que aboga por la inclusión, pero que después se olvida de las infancias con autismo en unas fiestas en las que, precisamente, los niños y niñas deberían ser los protagonistas.
Cuando piensas en la Navidad, seguramente imaginas luces, música, comidas en familia, cabalgatas y tradiciones. Planes, ilusión, fotos, quizá algo de estrés... pero en general, fiesta y diversión. Una fiesta a la que nunca hemos estado todos invitados. Y, lamentablemente, este año no ha sido la excepción.
¿Te has preguntado alguna vez lo que supone la Navidad, tal y como la conocemos, para las personas con autismo? En España, hay alrededor de 1,5 millones de personas con autismo. La sobrecarga sensorial de la Navidad puede convertirse en una pesadilla para ellos: ruidos intensos, luces brillantes, multitudes, petardos, etc. Todos estos estímulos les provocan ansiedad y malestar, lo que conlleva a la decisión de quedarse en casa. Y aquí viene lo importante: la inclusión no es un detalle opcional ni un gesto bonito "si se puede". Es un derecho. También tuyo. Porque todos, en algún momento de la vida, podemos necesitar que el entorno se adapte también a nosotros.
En casa, las familias que conviven con personas con autismo ya suelen hacer un máster acelerado en adaptación: anticipan cambios, bajan el volumen, ajustan horarios o eligen actividades. Pero la verdadera inclusión no se juega solo en el salón de casa por tener un familiar con autismo, sino en la calle, en las cabalgatas de Reyes, en los mercadillos y en todas esas actividades que llamamos "para todos".
Si hablamos de tradiciones y de Navidad, no podemos olvidarnos de las cabalgatas de Reyes. Estas deberían de ser accesibles para todas las niñas y niños, pero para lograrlo hacen falta decisiones concretas: tramos sin sonido, reducción del volumen de la megafonía, prohibición de petardos, menos luces estroboscópicas. Y lejos de lo que se pueda pensar, no, ninguna de estas medidas le quita magia a la Navidad. Al contrario: la multiplica, porque permite que más familias puedan vivirla y que nadie se quede excluido. Sin embargo, un año más hemos sido testigos de cómo estas medidas no son, ni mucho menos, la norma.
Todos podemos ayudar a mejorar la situación, aunque no trabajemos en un ayuntamiento ni seamos organizadores de un evento. Y podemos hacerlo respetando las zonas tranquilas, evitando ruidos innecesarios como los de los petardos, pidiendo que se creen espacios adaptados en nuestro ayuntamiento o barrio y dando a conocer esta realidad para que cada vez seamos más los que estemos sensibilizados y concienciados. Porque la inclusión cultural no es una moda pasajera: es una cuestión de justicia.
Las cabalgatas, los mercadillos y las celebraciones navideñas son patrimonio común. Si no se adaptan para quienes tienen hipersensibilidad sensorial, estamos perpetuando una discriminación silenciosa que los deja fuera de algo que debería ser de todos, y por eso debe de quedar claro que regular el sonido, crear espacios tranquilos, informar con antelación sobre cómo será un evento no son gestos simbólicos para quedar bien; son formas muy concretas de garantizar derechos culturales y de decir, con hechos, que entendemos que la diversidad nos enriquece.
Como decíamos al principio, es tiempo de deseos. Así que aquí va el nuestro: que en 2026 las infancias con autismo puedan, por fin disfrutar, de unas fiestas plenas. Si ponemos en nuestra lista personal de propósitos hacer que las celebraciones, en general, sean más inclusivas, seguro que este deseo se puede hacer realidad. Porque una sociedad inclusiva no se mide por sus discursos, sino por su capacidad real de abrir espacios donde cada persona, sin excepción, pueda estar, disfrutar y sentirse parte. Y en eso todos tenemos un papel importante.