Roma se ha convertido en sede de una de las Cumbres Mundiales de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) más importante de los últimos años. El fantasma del hambre planea de nuevo sobre las cabezas de millones de personas, muchas de ellas condenadas a morir por falta de acceso a unos alimentos que cada vez se encarecen más en los mercados y dejan fuera de juego a las economías menos favorecidas.
Cincuenta jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo se enfrentan estos días a un problema que amenaza con adquirir tintes dramáticos, si no se adoptan de inmediato las medias necesarias para paliarlo. Más de 100 millones cuyas vidas dependen de que les garanticemos los alimentos o los nutrientes necesarios para seguir viviendo.
La cifra de hambrientos (más de 850 millones de personas, de las que 400 millones viven en zonas rurales) es la mayor de las vergüenzas a las que debe enfrentarse nuestro planeta en el que hay alimentos más que suficientes para todos.
Las causas de la situación actual hay que buscarlas, en muchos casos, en la sequía y en las malas cosechas en algunos países; pero, sobre todo, en las estructuras que van ganando cuerpo en el sistema económico mundial: el abandono del cultivo de productos alimenticios, como el arroz en el caso de Birmania -parte de cuyo territorio antaño se denominó "el granero del mundo"- , y el destino de las tierras para cultivar agrocombustibles, un producto más rentable y más beneficioso para los países dependientes de las energías fósiles como el gas y el petróleo que, además, encarecen su precio, haciéndose inaccesible para la mayoría.
Por justicia y dignidad, hay que denunciar el discurso hipócrita de los países ricos sobrealimentados que con una mano saquean las materias primas y arruinan las débiles economías de los países pobres; y con la otra donan cantidades exiguas de ayuda comparadas con las subvenciones que aplican a la producción, exportación y comercialización de sus propios productos.
Hace falta una fuerte voluntad política y un golpe de timón a la economía agrícola y al comercio mundial para que los pobres tengan su oportunidad: de producir sus propios alimentos y de comerciarlos sin las trabas actuales impuestas por los grandes monopolios.