Archivo - Un miembro de las fuerzas de seguridad iraquíes vigila una protesta en recuerdo de dirigentes fallecidos de las Fuerzas de Movilización Popular - Europa Press/Contacto/Khalil Dawood - Archivo
MADRID, 6 Abr. (EUROPA PRESS) -
La guerra de Irán representa la mayor amenaza a la estabilidad política de Irak desde la declaración del califato de Estado Islámico a mediados de la pasada década: tras años de enfrentamientos de baja intensidad, las milicias proiraníes del país, de importancia capital en la estructura de seguridad, han terminado por levantarse en armas contra Estados Unidos en una movilización que podría saltar por los aires, al mismo tiempo, la tensa relación actual entre las autoridades iraquíes y estadounidenses y, en el peor de los casos, la delicada estructura de gobierno nacional.
Aunque estas milicias se cuentan casi por decenas, hay un nombre que destacan por encima de los demás: la coalición de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP). La alianza, concebida en 2014 por la gran autoridad religiosa chií del país, el clérigo Alí al Sistani, y por la Guardia Revolucionaria de Irán para luchar contra la organización yihadista suní Estado Islámico en Irak, ha estrechado con el tiempo su vínculo con el aparato de seguridad, hasta el punto de que el actual primer ministro iraquí, Mohamed Shia al Sudani, ha emprendido iniciativas, todas fallidas, para terminar de integrar formalmente a la coalición proiraní en esta estructura.
"Hoy en día", dejó bien claro Al Sudani el mes pasado, "las FMP representan una fuerza fundamental que opera bajo la Constitución y la ley, y están comprometidas con las órdenes emitidas por las autoridades oficiales".
Para Al Sudani, esta decisión era prácticamente una obligación habida cuenta del enorme poder que han acumulado las FMP. Los números son esquivos pero grupos de expertos internacionales estiman que suman en torno a 150.000 combatientes y se llevan una suculenta porción del presupuesto de seguridad iraquí: unos 3.000 millones de euros anuales.
PARTE DE IRAK
Es más, las FMP forman parte imprescindible del tejido político y social del país. Sus milicias, recuerda el grupo de expertos Chatham House, están representadas por sus propios partidos políticos, que compiten en elecciones, nombran ministros y envían representantes a altos cargos de la administración pública en todo el Gobierno y sus instituciones.
Las FMP también están presentes en los gobiernos locales y en instituciones no gubernamentales clave involucradas en la prestación de servicios públicos y la gobernanza en un país donde el poder se reparte entre sus tres comunidades principales, suníes (representados por el presidente), chiíes (por el primer ministro) y kurdos (por el presidente del Parlamento). Las FMP se han integrado con extraordinaria habilidad en este volátil escenario: su aparente fragmentación ha sido compensada con su relación prácticamente "simbiótica", según Chatham, con el Estado iraquí.
Teniendo en cuenta esta magnitud, para Estados Unidos las FMP representan un enorme quebradero de cabeza y no existe una estrategia coordinada para abordar el problema, especialmente en plena guerra de Irán.
Por poner un ejemplo, el pasado 26 de marzo, Washington y Bagdad anunciaron de una vez por todas, después de meses de preparativos, la formación de la Alta Comisión de Coordinación Conjunta, el organismo bilateral concebido para contener la influencia de los grupos proiraníes que han sido responsables, solo durante el mes anterior y según cifras de la organización ACLED, especializada en conflictos armados, de 65 ataques contra bases estadounidenses y de la coalición internacional.
Horas después del anuncio, Estados Unidos reanudó sus ataques contra los cuarteles de las FMP en todo el país. Desde el comienzo del conflicto en Irán, Estados Unidos e Israel han llevado a cabo unos 70 ataques contra bases e infraestructura militar vinculadas a al menos 15 grupos armados y unidades de las Fuerzas de Movilización Popular en todo Irak, según ACLED.
La comisión de marzo es una continuación de los numerosos acuerdos bilaterales pactados entre Irak y Estados Unidos durante los años de progresiva retirada norteamericana del país desde las bases que sentó el Acuerdo Marco Estratégico (SFA) de 2008, cinco años después de la invasión de Irak. Desde 2014, sin embargo, todos estos pactos se han enfrentado al mismo problema: Estados Unidos exige a Irak que disuelva a uno de los principales encargados de su seguridad interna y Al Sudani, un centrista chií, cada vez tiene más dificultades de preservar el equilibrio, como reconocen incluso políticos más próximos a las FMP.
ACTO DE EQUILIBRISMO
"Estamos ante una escalada bastante grave", ha admitido Husein al Sheehan, miembro del brazo político de las milicias de la Liga de los Justos (Asaib Ahl al Haq), que se encuentran entre las más destacadas de las FMP. "Por un lado hay un patrón constante de actuación unilateral de Estados Unidos, mientras que las facciones deben ejercer autocontrol, paciencia y respeto al Estado porque siguen siendo la mejor opción para evitar que Irak se vea arrastrado a un conflicto regional", ha indicado a la agencia iraquí Shafaq.
La guerra de Irán, sin embargo, ha llevado al Gobierno iraquí a hacer malabarismos como la decisión adoptada a finales de marzo por el Consejo Ministerial de Seguridad Nacional del país, tras la muerte de 15 milicianos proiraníes en un ataque en Anbar, al autorizar a todas las fuerzas de seguridad, incluidas las FMP, a "actuar bajo el principio de la legítima defensa" contra cualquier ataque dirigido contra sus posiciones, ya sea perpetrado por aviones de combate o drones de EEUU e Israel.
Para fuentes próximas a las FMP, esta decisión representa una aprobación explícita por parte del Gobierno iraquí para cualquier ofensiva que quieran emprender por su cuenta y riesgo. "Significa que las FMP", explicaron al diario Al Hurra, "ya no necesitarán el permiso del Mando Central de Operaciones Conjuntas para responder a ningún ataque".
Dada esta situación, las perspectivas de una posible desescalada son más distantes a cada día que pasa. Soluciones alternativas como la creación de estructuras paralelas de seguridad son imposibles y el Ejército iraquí ni siquiera es un factor. Las FMP no quieren integrarse completamente en las filas regulares porque no lo necesitan para legitimarse ni quieren estar supeditadas a una autoridad militar. Un hipotético uso del Ejército iraquí como instrumento para disolver a las FMP supondría automáticamente el estallido de una guerra civil "a la sudanesa".
A Al Sudani no le queda más remedio que contemporizar y esperar al desarrollo de los acontecimientos mientras apacigua por partida doble a Washington y a las milicias. Para terminar de complicar las cosas, hay que recordar que ahora mismo está desempeñando su cargo en funciones y el futuro es incierto porque antes de la guerra de Irán ya había expresado su reticencia a volver a ocuparlo.
A finales del mes pasado, las facciones chiíes propusieron como sucesor al jefe de la Comisión de Rendición de Cuentas y Justicia, Basim al Badri, como candidato de consenso para primer ministro, pero el ex primer ministro Nuri al Maliki, uno de los grandes candidatos a reemplazar a Al Sudani a pesar de que se enfrenta al rechazo de Estados Unidos, que lo considera un sectario, se negó a declarar su respaldo a la nominación.
El Parlamento iraquí ha programado para el 11 de abril una sesión para elegir presidente, un paso necesario antes de nombrar primer ministro, aunque estos plazos constitucionales a menudo se han rebasado durante las prolongadas negociaciones para la formación de Gobierno en un país tristemente acostumbrado al limbo político, que la guerra de Irán amenaza con prolongar de manera indefinida y bajo el peligro, ahora, de un estallido definitivo de violencia.