Palabek, 32.000 personas refugiadas en busca de esperanza

Campo de refugiados de Palabek, en Uganda
ALBERTO LÓPEZ/CRISTINA BERMEJO
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Publicado 02/12/2018 11:19:38CET

El último asentamiento abierto en Uganda es también el único que en la actualidad acoge a quienes huyen de la guerra en Sudán del Sur

MADRID, 2 Dic. (Por Alberto López y Cristina Bermejo, Misiones Salesianas) -

La palabra refugiado lo condiciona todo: el pasado que se dejó atrás en otro país; el presente, que es sinónimo de rutina y dificultades, y el futuro, que puede estar lleno de sueños pero también de incertidumbre. Lo saben bien, porque lo viven a diario, casi 25,5 millones de personas que comparten ese estatus en el mundo.

Palabek abrió sus puertas en abril de 2017. En la actualidad es el único asentamiento en Uganda que acoge refugiados, ya que los demás que hay en el país, más de 20, están colapsados. Es una vasta extensión de 400 kilómetros cuadrados a 25 kilómetros de la frontera con Sudán del Sur, que recibe cada día a quienes escapan de la guerra en el estado más joven del mundo. Preparado para acoger a más de 100.000 personas, ahora mismo alberga a 32.000.

Eugene Obwoya tiene 76 años y representa la excepción en Palabek, donde casi el 90 por ciento son mujeres y menores. "Es la tercera vez que vivo en el exilio, en un campo de refugiados, y no sé cuándo podré regresar a mi país, pero es mi sueño y lo que me mantiene vivo", cuenta. En Sudán del Sur era ingeniero agrónomo y trabajó como funcionario del Gobierno. "Estoy jubilado, pero allí tenía un amplio terreno para cultivar, árboles frutales y maquinaria suficiente para alimentar a mi familia y vivir de forma desahogada", recuerda.

La violencia que vive Sudán del Sur desde diciembre de 2013 lo cambió todo de la noche a la mañana para quienes confiaban en una paz definitiva después de casi 40 años de guerras civiles. En abril de 2017, Eugene, su mujer Agnes, y una de sus nietas tuvieron que huir con lo puesto, escondiéndose en el bosque para no ser descubiertos y caminar varios días sin comida ni agua hasta llegar a la frontera.

Hasta el momento, la ambición de poder político en Sudán del Sur, la corrupción y el interés por los pozos petrolíferos han dejado un reguero de destrucción y violencia con más de 320.000 muertos, cerca de dos millones de desplazados internos y casi 2,5 millones de refugiados en Kenia, República Democrática del Congo, Etiopía, Sudán y, sobre todo, en Uganda.

Eugene, que ya ejercía como líder de la comunidad católica en su localidad, llegó al asentamiento con la intención de seguir ejerciendo ese rol mediador, pacificador y de guía espiritual.

Un día, cuando varias decenas de refugiados rezaban bajo un árbol en Palabek, un misionero salesiano que visitaba el asentamiento por primera vez se acercó a ellos y le pidieron que celebrara una misa. Se comprometió a volver y acabó viviendo en el humilde tukul (choza) de Eugene y su familia durante varios meses hasta que llegaron más misioneros y se instalaron en el asentamiento.

UGANDA, PAÍS DE ACOGIDA

El año pasado Uganda acogió el doble de refugiados que los que llegaron a toda Europa por mar, lo que da una idea de su política de acogida. "Tienen libertad de movimiento en el país, permiso de trabajo, derecho a servicios básicos como educación y sanidad", afirma Julius Kazuma, responsable de la Oficina del Primer Ministro (OPM), la entidad responsable de la gestión de refugiados en Palabek junto al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur).

En él trabajan más de 30 organizaciones e instituciones internacionales agrupadas por sectores. Los Salesianos, conocidos como Don Bosco, son la única organización que vive dentro del asentamiento.

"Llevo 20 años en Uganda y nunca había trabajado con población refugiada. En Sudán del Sur los Salesianos acogemos desplazados internos, pero teníamos que hacer algo por ellos también al llegar aquí, ofrecerles acompañamiento, la posibilidad de educación para los niños, niñas y jóvenes y, sobre todo, esperanza en el futuro para una convivencia en paz", destaca el padre Lazar Arasu, de nacionalidad india y director de la comunidad de Salesianos de Palabek.

Seis misioneros atienden a más de 700 familias, gestionan cuatro escuelas infantiles con 720 niños y niñas a los que ofrecen una comida diaria y tienen 11 capillas repartidas por todo el asentamiento para las celebraciones religiosas, los encuentros entre refugiados y actividades de educación no formal.

La zona donde está Don Bosco es la única del asentamiento que tiene columpios y, en la actualidad, los Salesianos están finalizando la construcción de un centro de Formación Profesional que enseñará un oficio no solo a los refugiados, sino también a jóvenes ugandeses de los alrededores.

Al llegar a Palabek los refugiados pasan un máximo de 48 horas en el centro de recepción hasta que son registrados, examinados por un médico y vacunados. A cada familia le asignan una pequeña parcela de 30 metros cuadrados para que construyan su 'tukul' y tengan un pequeño huerto con un 'kit' de bienvenida con herramientas, semillas y una pequeña lámpara solar.

"La vida en Palabek no es fácil. Hay solo dos centros de salud y si te pones enfermo solo hay una ambulancia para trasladarte fuera. La comida tampoco es suficiente, con un reparto una vez al mes y con raciones escasas, y también tenemos problemas con el agua y nos faltan productos de aseo personal", cuenta Janet Atimango, una joven madre con cuatro hijos.

"A pesar de todo, nos sentimos protegidos aquí, porque en mi pueblo estaban matando a los hombres, quemaban las casas y violaban a las mujeres y a las niñas", añade.

La falta de fondos ha obligado al Programa Mundial de Alimentos (PMA) a recortar las raciones de comida que distribuye. La falta de financiación, según ACNUR, está impactando de manera importante en la capacidad de proporcionar servicios básicos como alimentos, agua y cobijo. Hasta el pasado mes de septiembre solo se había recibido el 30 por ciento de los fondos que necesita ACNUR para atender a la población refugiada sursudanesa de Uganda.

Pero la guerra, además de traumas, desconfianza e incertidumbre deja otra secuela irreparable: la figura del hombre, del padre de familia, apenas existe. Los testimonios siempre coinciden y son especialmente dolorosos en los niños. "A mi padre lo mataron... mi padre está desaparecido... está combatiendo... lo hicieron prisionero y no sabemos dónde está..."

Las mujeres y las niñas son quienes más sufren y por eso los Salesianos han puesto en marcha distintas actividades para empoderarlas. "Hemos comenzado varios talleres de cestería y otras técnicas artesanales para que vendan sus productos y puedan tener ingresos para sustentar a sus familias, queremos fomentar su espíritu emprendedor", explica Polline Atube, responsable de Proyectos de Don Bosco.

La educación en situaciones de emergencia es clave para recuperar el sentido de normalidad y estabilidad. "Cada año se capacitará a alrededor de 1.500 jóvenes refugiados y ugandeses en el nuevo centro de Formación Profesional. Aparte de la enseñanza técnica, se les formará en Derechos Humanos y construcción de paz. "Queremos darles esperanza", comenta el padre Arasu.

James tiene 17 años y estudia en una de las dos únicas escuelas de secundaria del asentamiento. "Vivo en la zona 5 y camino dos horas cada día para ir y volver de la escuela. El próximo año termino la secundaria y me gustaría seguir estudiando en el nuevo centro profesional Don Bosco. Mi sueño es regresar a Sudán del Sur, poder formar una familia y tener mi pequeño negocio, pero para eso necesito una formación", afirma.

Y es que en Palabek los sueños de los jóvenes son los mismos que en cualquier otro país del mundo. La única diferencia es que ellos son refugiados y necesitan mantener viva la esperanza de poder regresar a Sudán del Sur cuando la paz sea definitiva y duradera.

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