Los partidos británicos prometen el fin de la austeridad sin esclarecer la financiación

Actualizado 12/12/2019 8:58:50 CET
Boris Johnson y Jeremy Corbyn
Boris Johnson y Jeremy Corbyn - GETTY

Aprovechan el monopolio del Brexit para esquivar el escrutinio sobre las lagunas de sus planes económicos

LONDRES, 11 Dic. (EUROPA PRESS) -

La omnipresencia del Brexit en la campaña británica ha relegado a la economía a un plano significativamente menor del que históricamente ha disfrutado ante unas generales, reduciendo de manera sustancial la trascendencia del escrutinio de las promesas, pese a que los dos principales partidos han anunciado el fin de la era de la austeridad.

Tras una década de ajustes, el compromiso es de largo alcance, pero su materialización presenta lagunas de financiación que disputan su viabilidad. Grupos independientes de expertos, como los del Instituto de Estudios Fiscales (IFS, en sus siglas en inglés), azote de la conciencia monetaria en Reino Unido, han impuesto un severo correctivo sobre los planes de gasto de las principales fuerzas políticas, sin precedentes desde los años 70 del siglo pasado y sin aclarar cómo los sufragarán.

El monopolio de la salida de la Unión Europea sobre el debate, sin embargo, ha impedido que el análisis, pese a ser implacable, cale en el electorado: ni conservadores, ni laboristas están siendo "honestos" con los votantes y, por exceso o por defecto, ambos tropiezan en la misma piedra, la falta de credibilidad.

Aunque sea demasiado tarde para provocar un vuelco, el diagnóstico es altamente dañino para formaciones llamadas a disputarse el poder. Ante unos comicios contaminados por el Brexit, la objetividad fiscal ha quedado como mera víctima colateral, como evidencian unos conservadores que descartan subidas del IRPF, de las contribuciones a la Seguridad Social, o del IVA, sin aclarar las consecuencias sobre unos servicios públicos que la derecha promete mejorar, sin especificar cómo.

Ya en las pasadas generales, los 'tories' habían anticipado más austeridad y recortes que, sin embargo, dieron lugar a un aumento de gasto público, lo que hace prever que, en un contexto de prodigalidad reconocida, el incremento acabe siendo sensiblemente superior.

El laborismo, por su parte, se sitúa en el otro extremo y, de acuerdo con el consenso de los analistas, los 80.000 millones de libras de gasto extra anual anunciados en campaña resultan insostenibles con meros aumentos impositivos para el 5 por ciento de las rentas más elevadas y una mayor presión tributaria para las grandes corporaciones.

FIN DE LA RESPONSABILIDAD FISCAL

Aunque en diferentes escalas, los eternos rivales del arco político británico han certificado la defunción de la responsabilidad fiscal imperante desde hace más de una década y, como consecuencia, la votación de este jueves tendrá lugar sin que el electorado sepa cómo su futuro gobierno materializará promesas dadivosas, sin apenas elevar la carga tributaria, no al menos para el 95 por ciento en el caso del laborismo, y dando por clausurada la era de la austeridad.

Pese a los distintos grados de generosidad de sus apuestas, conservadores y laboristas coinciden en algo: sus planes económicos suponen un giro radical que sustituye la atención focalizada en la deuda por una renovada concepción centrada en la inversión como motor de dinamización y generación de crecimiento.

Ambos pretenden aprovechar los mínimos históricos en los que se halla el coste del préstamo para abrir el grifo de gasto y recoger frutos que, esperan, sirvan para compensar el inevitable aumento de la deuda pública. Con sus particularidades, las dos formaciones apuntan a una noción durante años inédita al norte del Canal de la Mancha: ampliar el peso del estado y consolidar un patrón guiado por una ambiciosa agenda inversora.

NUEVA LÍNEA DIVISORIA

Como consecuencia, la línea divisoria ya no es tanto entre la rectitud fiscal de los conservadores y la laxitud de la izquierda, sino entre un pasado reciente orquestado en torno a la extrema cautela, pese al impacto innegable en el alcance y la gestión de los servicios públicos, y el establecimiento de una nueva era de inversión estatal.

El propio ministro del Tesoro, Sajid Javid, el único que tiene el puesto asegurado ante una potencial reelección de Boris Johnson, lo había dejado claro al avisar de que revisaría las estrictas normas de responsabilidad fiscal, que estipulan que el déficit debe rondar el 2 por ciento, una ruptura dramática con la escuela de pensamiento de sus predecesores conservadores en el Número 11.

Si la tónica en la última década pasaba por analizar cada decisión en función de sus efectos sobre el agujero presupuestario, la lectura de Javid y de su rival laborista, John McDonnell, reconoce que la prioridad otorgada en Reino Unido a la promoción y mejora de las infraestructuras ha sido demasiado baja durante un tiempo excesivamente prolongado, una conclusión que quieren resolver tras estos comicios.

El problema es que su visión, aún desde las antípodas ideológicas que ambos representan, parece ignorar la realidad de una economía que, aunque ha evitado la recesión, presenta el menor crecimiento anual desde marzo de 2012 y sufre de una anemia perpetua del modelo productivo, que para estupor de los economistas, no ha logrado remontar desde la crisis de 2008.

RENDICIÓN DE CUENTAS

A su favor, Javid y McDonnell tienen que la alargada sombra del Brexit les permite prometer con menor fundamento que el necesario en un proceso electoral en tiempos normales, pero el carácter extraordinario de la cita de diciembre no los eximirá de rendir cuentas ante una ciudadanía que demandará la materialización de sus compromisos.

Garantizar grandes partidas para mejorar los servicios públicos es siempre popular en las urnas, pero sugerir la necesidad de más impuestos para sostenerlas no lo es tanto y es ahí donde los dos partidos no están siendo honestos con los votantes.

Los conservadores no admiten que cualquier aumento en relación a la frugalidad de la última década tendrá que verse acompañado o bien de más deuda de la que están reconociendo, o de mayor carga tributaria; y los laboristas, por una traba parecida, ya que su apuesta por alejarse del mercado libre que ha imperado durante más de 30 años --y del que se ha beneficiado fuertemente el erario-- necesitará medicina fiscal para alimentar la transformación integral que preconizan.

Por si fuera poco, la presencia del Brexit en el horizonte impone serias dudas acerca de la evolución de la segunda potencia continental a corto y medio plazo, ya no solo por la incertidumbre derivada del divorcio. Proyectar previsiones de inversión y trazar planes de gasto semeja temerario cuando Reino Unido ignora cómo será su futura relación con su socio comercial de referencia e, incluso, cómo afectará tanto a su reputación internacional, como a su interacción con los demás miembros de la aldea global.

Para leer más