MADRID 20 Sep. (EUROPA PRESS) -
Pinto sopla este año 160 velas desde la apertura de la primera fábrica española que elaboró chocolate a vapor y a gran escala, una industria que transformó la economía del municipio, dio trabajo a centenares de vecinos y convirtió el cacao en una de sus principales señas de identidad.
Todo comenzó el 1 de agosto de 1866 con la puesta en marcha de la fábrica de la Compañía Colonial. El complejo se levantó junto al ferrocarril --una ubicación clave para recibir las materias primas y distribuir sus productos-- y empezó a funcionar con una máquina de vapor de 40 caballos.
Su impulsor fue el empresario francés Jaime Méric Saisset, una suerte de Willy Wonka que había comenzado a fabricar chocolate en Madrid en 1854. La falta de espacio para seguir creciendo en la capital le llevó a trasladar la producción a Pinto, donde encontró terrenos y una conexión ferroviaria privilegiada para desarrollar su ambicioso proyecto industrial.
Así lo recoge el libro '150 años de aroma a chocolate en Pinto. De La Colonial a Eureka', escrito por Mario Coronas Arquero y editado por el Ayuntamiento, que reconstruye la evolución de una factoría que marcó la vida cotidiana de varias generaciones de pinteños.
EL FERROCARRIL LLEVÓ CACAO DE CUBA, FERNANDO PÓO, CARACAS O SOCONUSCO
A mediados del siglo XIX, Pinto era una localidad agrícola de apenas 2.050 habitantes. El acontecimiento que cambió su destino fue la inauguración, en 1851, de la línea ferroviaria entre Madrid y Aranjuez.
La estación y la posterior prolongación de la línea hasta Alicante permitían transportar materias primas desde los puertos y distribuir rápidamente los productos. Cuando la fábrica que Jaime Méric tenía en Madrid se quedó sin espacio para crecer, Pinto ofreció terrenos y una conexión privilegiada con la capital y el Mediterráneo.
La planta pinteña comenzó produciendo unas 3.500 libras de chocolate al día. En 1870 ya sacaba al mercado cerca de 10.000 libras de chocolate y otras 2.000 de café y tapioca. Una década después alcanzaba las 15.000 libras diarias de chocolate.
El ferrocarril terminó entrando en el propio recinto mediante muelles, vagonetas y vías interiores. Hasta allí llegaban sacos de cacao procedentes de Cuba, Fernando Póo, Caracas o Soconusco, además de canela de Ceilán, café de las Antillas y té adquirido en China.
A finales del siglo XIX, La Colonial era una pequeña ciudad industrial dentro de Pinto. El complejo reunía 50 cuerpos de edificios y más de 10.000 metros cuadrados construidos, con almacenes, talleres, muelles, jardines, enfermería y sótanos de enfriamiento.
Dentro de las naves, los granos se limpiaban, tostaban, descascarillaban y trituraban. La pasta se mezclaba con azúcar y canela, se refinaba, se repartía en moldes y descendía después a los sótanos para enfriarse antes del empaquetado. Además de tabletas, la compañía producía también café, té, sopas, bombones, napolitanas y otros artículos de confitería.
MÁS DE OCHENTA MUJERES EMPAQUETANDO CHOCOLATE
Las máquinas no eliminaron el trabajo manual. En 1882, las instalaciones de Pinto empleaban a 245 personas: 150 hombres, 80 mujeres y 15 trabajadores dedicados a labores técnicas, administrativas o de supervisión.
De este modo, más de ochenta operarias se ocupaban de envolver las tabletas primero en papel de estaño y después en cubiertas de colores. El empaquetado se convirtió así en uno de los espacios con mayor presencia femenina dentro de la factoría.
Décadas más tarde, durante la recuperación industrial de la posguerra, las mujeres representaban aproximadamente el 35% de una plantilla que llegó a superar los 500 empleos fijos.
Entre quince y veinte trabajadoras se ocupaban de la mesa de empaquetado manual, reservada para las operarias con mayor destreza. Cada tableta podía llevar hasta tres envoltorios y un timbre fiscal que debía humedecerse y pegarse a mano.
La familia Méric gozaba de gran popularidad en el municipio. Más allá de los muros de la fábrica, apoyó mejoras en el alumbrado, la canalización de aguas, las calles, las escuelas y el matadero municipal. El cariño de los pinteños se materializó en 1897 dando el nombre de Jaime Méric a la plaza situada junto a la fábrica. Dos años después, los vecinos costearon un busto del fundador y el Ayuntamiento declaró hijo adoptivo a su hijo Edmundo.
DE LA COLONIAL A EUREKA
La Guerra Civil interrumpió la producción y las instalaciones fueron utilizadas como almacenes, refugio y centro logístico militar. La actividad se recuperó en 1941, después de la venta y reconstrucción del complejo.
En 1965 entró en escena López Moltó, que centralizó en Pinto su producción y llevó hasta el municipio marcas como Eureka, Caoflor, Tres Tazas, Blanco y Negro, ABC, Atlantic y Doria.
En los años ochenta, cuando apenas quedaban cuatro grandes empresas chocolateras de capital español, la fábrica de Pinto todavía mantenía más de un centenar de trabajadores y una importante actividad exportadora.
El 14 de febrero de 2001, coincidiendo con el día de San Valentín, la producción abandonó el emplazamiento histórico situado frente a la Torre de Éboli y se trasladó a la calle Águilas, en el polígono industrial de La Estación.
El centro de Pinto dejó así de oler a cacao después de casi 135 años. De la antigua fábrica sobrevivieron su gran chimenea y dos edificios, destinados posteriormente a usos municipales y educativos.
Dos años después del traslado, la empresa adoptó el nombre de Chocolates Eureka, prolongando una actividad industrial que había comenzado con una máquina de vapor y que convirtió el chocolate en una de las señas de identidad de Pinto.
LOS OMBLIGOS DE PINTO Y EL FESTIVAL DE CHOCOLATE
La tradición chocolatera de Pinto pervive a día de hoy en iniciativas como la Feria del Chocolate, que se celebra cada septiembre con talleres, degustaciones y recreaciones históricas. La cita de este año tendrá lugar los días 26 y 27.
También continúa en los llamados 'Ombligos de Pinto', un dulce creado por el embajador gastronómico pinteño Justo Almendrote a partir de zanahoria, que recuerda las antiguas huertas del municipio; cobertura de chocolate, en honor a su pasado industrial, y fresa, como guiño al histórico ferrocarril entre Madrid y Aranjuez que hizo posible la llegada de La Colonial.
El nombre tampoco es casual, según expone la página web municipal. 'Ombligo' procede del latín 'umbilicus' y significa centro o punto medio, en referencia a la tradicional consideración de Pinto como centro geográfico de la Península Ibérica.