MADRID 1 Nov. (OTR/PRESS) -
Pocas veces la opinión pública se define tan claramente sobre un problema como las encuestas en las que una inmensa mayoría de los españoles rechazan categóricamente cualquier posible "apaño" o concesión a la banda terrorista ETA a cambio de nada. Y contrasta este sentir mayoritario con la prisa de algunos políticos por comenzar un camino que nadie quiere salvo los asesinos y sus cómplices. Y es que el problema no es político sino moral y solo desde la moral, desde la ética, y por tanto desde la Justicia, se debería dar una respuesta a la situación. Hay tristes ejemplos cercanos en el tiempo de cómo el olvido forzado es imposible y pesa como una losa en una sociedad que quiere ser sana: la ley del punto final en Argentina no sólo no resolvió el problema que pretendía bajo el falso slogan de la "normalidad" -siempre parecidas coartadas- sino que estuvo siempre presente y siempre doliendo en un pueblo que ni supo ni quiso olvidar porque el olvido o el perdón no se consiguen por decreto. Aquí mismo tuvimos la más amplia amnistía seguramente de la Historia reciente y ya se vio como ETA -una parte ETA- siguió matando, extorsionando y secuestrando.
Porque ni los llamados "arrepentidos" pronuncian la palabra perdón. Y si un nuevo comunicado se acerca a ese sentimiento, no nos va a servir porque aquí nadie se convierte de la noche a la mañana y hasta los que llevan tiempo renunciando a la lucha armada, cuando escriben a sus victimas cartas particulares lo hacen con una frialdad intelectual que asusta más que conmueve. Todos hemos visto las cosas que han dicho los etarras en la Audiencia, cual ha sido su comportamiento frente a las victimas y ante los jueces, sus desplantes, sus desprecios, sus chulerías... ¿son esos los que ahora están dispuestos a pedir perdón? ¡Anda ya...!
Aquí no hay nada que justifique la generosidad: ni la actitud, ni las palabras, ni el recuerdo de tantas victimas inocentes; y entrar aunque sea en nombre de lo más sagrado a mezclar asesinos con víctimas, a confundir y tratar de igualar a unos y otros, es, sencillamente, claudicar. Un compañero -siento no recordar quién- escribió algo tremendo y cierto: unos ponían la nuca y otro el tiro. Y así fue y eso no hay quien lo cambie y la Ley debe caer sobre los que disparaban, sobre los que pusieron plazo a la vida de Miguel Ángel Blanco tan solo por poner un ejemplo de la brutalidad fría, calculada, inmoral de esta pandilla para la que ahora algunos piden generosidad.
La Ley es la Ley y no es, no puede ni debe ser, ni cicatera ni generosa y sería un error histórico y una náusea que -otra vez- la Justicia se pusiera al servicio de la política.