Actualizado 26/06/2012 14:00

Antonio Casado.- España y el G-4 del euro.

MADRID 26 Jun. (OTR/PRESS) -

El aldeanismo propio del debate político nacional, protagonizado aquí y ahora por PP y PSOE, ha convertido el reciente G-4 de la Eurozona (Alemania, Francia, Italia y España) en un intercambio de mensajes de respectivo autobombo. El domingo pasado pregonaba Rubalcaba el triunfo de su apuesta por el crecimiento, mientras las terminales políticas y mediáticas de Moncloa celebraban el éxito de Rajoy en Roma y la recuperación del protagonismo de España.

Si sobrevolamos el debate de cercanías reconoceremos que objetivamente es buena noticia para España la apuesta por el crecimiento alumbrada en el reciente encuentro de Merkel, Hollande, Monti y Rajoy. Así lo entiende también el Gobierno del PP, aunque no quiera ver tras esa apuesta el soplo político de sus adversarios, los socialistas. Da lo mismo. Lo importante es el contenido de la propuesta francesa, aceptada por los otros tres grandes de la zona euro, incluido España.

Nada menos que 130.000 millones de euros de fondos europeos para políticas de desarrollo y empleo en los países necesitados de reanimación económica. Ahí entra España, obviamente. Y lo de menos es que con ello se venga a dar la razón al PSOE, que no ha dejado de reclamar medidas de estímulo. Siempre sostuvo la necesidad de compensar nuestra supeditación a las exigencias del rigor fiscal decretado hasta ahora por Alemania.

Que además Moncloa presuma de codearse con los tres grandes de la Eurozona también es lógico, aunque Rajoy no haya tenido que hacer méritos especiales para ganarse el puesto en la foto de Roma. Es el que nos toca como cuarto país más poblado y como cuarta economía europea. Sin embargo, muchas valoraciones se han centrado en el "éxito político" del presidente, destacando que "España vuelve a contar en Europa". Como si Rajoy hubiera peleado para lograr el apoyo de los tres grandes a sus tesis por el crecimiento a toda costa, cuando siempre puso el acento en las políticas de austeridad mientras dedicaba un displicente silencio a las propuestas reactivadoras de su rival político.

Si en Roma se ha empezado a abrir paso la idea de que la austeridad no es suficiente ha sido gracias a la presión de Obama, cuya causa electoral quedaría muy dañada si la recesión se prolonga en Europa, y al peso político de Francia, cuyo flamante presidente, François Hollande, es un claro defensor de las políticas orientadas al crecimiento. Quien ha debido ceder en sus posiciones es la canciller Angela Merkel, lo cual no supone la abolición del equilibrio fiscal como resorte de saneamiento en economías tan averiadas como la nuestra.

Esa es la doctrina firmada por el G-4 de la Eurozona en vísperas de la decisiva cumbre de la UE de esta semana. Pero la perspectiva de contar con fondos europeos específicamente destinados a políticas de desarrollo y empleo (el 1 por ciento del PIB europeo a disposición de los países más necesitados de estímulos) es una excelente noticia para España. Eso es lo que importa.

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