MADRID 28 Abr. (OTR/PRESS) -
A menos de cuatro semanas para las elecciones municipales y autonómicas, el miedo, el vértigo, el pánico, se ha instalado en muchos dirigentes del PP, sobre todo en aquellos que, a tenor de las encuestas, ven como una posibilidad cierta que su partido reciba un duro castigo en las urnas el próximo 24 de mayo. Ese castigo se traduciría en la pérdida de importantes cotas de poder en el mapa municipal y autonómico. Y eso, a seis meses de otras elecciones decisivas, las generales, no es una buena carta de presentación.
En las elecciones municipales y autonómicas de hace cuatro años, el PP tuvo un magnífico resultado que le ha permitido gobernar durante este tiempo en once Comunidades Autónomas y en la mayoría de los Ayuntamientos. Ese resultado fue la puerta que se abrió para el triunfo por mayoría absoluta en las elecciones generales de noviembre de 2011. El temor popular es que ahora se pueda recorrer el camino inverso. No tiene por qué ser exactamente así, pero qué duda cabe que ese temor está fundado.
El PP está muy tocado por diferentes motivos: los casos de corrupción que afectan a sus filas puede ser una de las causas fundamentales, aunque no la única. Escándalos como la Gürtel, la Púnica, las tarjetas black en Caja Madrid, el caso Rato, los diferentes imputados en la Comunidad Valenciana han ido minando la credibilidad y la confianza en una formación política que, reitero, en las últimas elecciones generales consiguió una mayoría absoluta como nunca ha tenido el centro-derecha en España.
Pero la corrupción no ha sido la única causa del desencanto y de la desafección de la base electoral del PP. La renuncia de Rajoy a hacer política para centrarse sólo en la economía ha tenido como efecto inmediato que se fueran diluyendo cuando no desapareciendo las señas de identidad propias del partido que refundó Aznar en 1990. El PP se ha hecho irreconocible en cuestiones tan importantes como la lucha antiterrorista, la defensa de las víctimas del terrorismo, la defensa del derecho a la vida del no nacido, o el tener una posición firme y contundente contra los planes separatistas del nacionalismo catalán. Todo eso ha sido relegado a un segundo plano por Rajoy en esta legislatura. Si a lo anterior se añade las peleas internas que han aflorado en los últimos tiempos en el seno de las filas populares y la aparición de una formación política, Ciudadanos, que en algunas de las cuestiones citadas tiene una posición más clara y nítida que la de los populares, se entenderá mejor el estado de pánico en el que viven muchos dirigentes populares porque olfatean en el ambiente un profundo enfado de una parte importante de su electorado. El próximo 24 de mayo empezaremos a salir de dudas de hasta dónde llega ese estado de cabreo con el PP de su propia base electoral.