MADRID 12 Sep. (OTR/PRESS) -
Ya apenas funcionan los grandes montajes propagandísticos. El Gobierno y su partido tienen en sus manos una generosa parte del aparato mediático, lo cual ya no les sirve de gran cosa a la hora de lanzar las grandes consignas o del intento de configurar el sentido de la opinión pública. Porque España es un pueblo adulto, que sabe distinguir, y porque el fenómeno de las redes sociales es un instrumento incomparable para la extensión democrática de la información y de la opinión. Todo eso lo acabamos de ver con ocasión de la entrevista televisiva del presidente Rajoy, al que pusieron en bandeja lucirse la noche del lunes en TVE y ni por esas. Yo creo que Rajoy tiene buenas intenciones y que él personalmente no es ningún malvado. Pero de su comparecencia televisiva no se desprende ningún cambio en su estrategia ni en las percepciones de los ciudadanos sobre lo que el Gobierno está haciendo. Es decir, los españoles estamos igual después que antes de la entrevista. Tanto esfuerzo, tanto montaje, tanta historia para nada. Lo siento, pues somos los españoles los que nos la jugamos.
El acontecimiento político más próximo que tenía era el de la Diada de Cataluña, sobre el que fue interrogado y sobre el que no dijo absolutamente nada que no fuera considerarlo dentro del capítulo de las algarabías, denominación que suele atribuir a cualquier hecho democrático que suponga un desacato a las posiciones defendidas por él. Y no digo por su partido, ya que estamos comprobando que la unidad interna del mismo se va resquebrajando con la proliferación de los monagos y los feijoos. La mejora, real o menos real, de la problemática de la crisis se produce más desde fuera de España que desde dentro. Y toda aquella literatura voluntarista del PP de Rajoy se va diluyendo a medida que los problemas les sobrepasan y que se evidencia la inexistencia de esa autonomía de su voluntad frente a los empellones exteriores. Ahora tiemblan y con razón ante la perspectiva de una derrota en Galicia el 21 de octubre, frente a la cual parece que no se les ocurre nada que pueda hacer viable un remedio.