Carlos Carnicero.- Adolfo, crónica de una muerte que se está anunciando.

Publicado 23/03/2014 12:00:21CET
Actualizado 23/03/2014 12:00:19 CET

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Carlos Carnicero.- Adolfo, crónica de una muerte que se está anunciando.

MADRID, 23 Mar. (OTR/PRESS) -

Hace tiempo que no se tienen noticias ciertas de Adolfo Suárez. El Alzheimer le desconectó hace, encapsulando sus pensamientos o por lo menos sus palabras. Se fue cuando todavía estaba. Hay tanta ansiedad por tener noticias de él que esta sociedad mediática e instantánea empuja su óbito para poder empezar a hablar bien de un difunto. Es tan difícil adorar de manera estable a quien todavía está vivo, aunque ausente.

Adolfo Suárez es un enigma que será siempre indescifrable. Está condenado a que le interpreten sin posibilidad de conducir el debate sobre él mismo. Y lo cierto es que sus luces y sus sombras las aclararemos otros porque lleva mucho tiempo en silencio.

De exaltarle hasta la saciedad se ocuparan muchos, sobre todo los especializados en la dislexia del desguace y la glorificación en tiempos sucesivos. Lo cierto es que en el laberinto donde le introdujo la vida fue capaz del milagro de la alquimia de recibir una dictadura y transitarla a una democracia, no sin sobresaltos. Y a la vista del lugar que ocupamos ahora, en este estado en vías de deconstrucción, su obra nos parece ahora casi perfecta. Otros la desguazaron y hoy, aquellos políticos de su generación nos parecen catedráticos de la vida por contraposición con tantos tahúres establecidos en la política tramposa. ¡Claro que Adolfo Suárez hizo trampas! ¿Quien podía jugar con cartas limpias con aquellos generales africanistas, con sus compañeros del Movimiento Nacional y con los grandes del franquismo?

Como tantos, conocí a Adolfo Suárez y a muchos de quienes trabajaron con él, entre ellos a algunos de quienes le traicionaron. No tengo demasiadas claves que se desconozcan.

Antes de que fallezca, escribo lo mismo que escribiría después, porque desde hace tiempo está en la misma situación de indefensión que un difunto. Fue un encantador de serpientes, un adelantado al tiempo de la empatía mediática, un precursor de la política de medios. Hizo un buen trabajo en situación de riesgo. Conoció el triunfo y el fracaso súbito. Supo lo que es el amor idolatrado de muchos españoles, saboreó la traición y no quiso apartarse a tiempo. Luego, probablemente tuvo la suerte de encapsularse en la enfermedad todavía misteriosa que desconecta la presencia.

Está a punto de recuperar la dignidad de la consciencia mediante la muerte. Y yo le deseo mucha paz, la que no tuvo en muchos momentos de su vida.

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