MADRID 1 Ene. (OTR/PRESS) -
Esto que escribo hoy, en el tránsito entre el último día de un año y el primero de otro, no es la expresión de un deseo: para nada tengo clara la alternativa. Pero sí quiere ser una apuesta, un análisis lo más desapasionado posible, con los datos existentes en la mano, de una realidad: este 2026 va a ser, y puede que ni siquiera al completo, el último con Pedro Sánchez en el poder. El presidente del Gobierno central y secretario general del PSOE se enfrenta a unos meses que, para él, serán durísimos, hasta constatar que su marcha, bien planificada y ordenada, será acaso lo mejor que le puede ocurrir a nuestro país.
Sé que, en el caso de que este comentario se leyese en Moncloa, más de uno allí lanzaría insultos de grueso calibre contra el autor. Cualquiera que niegue hoy la tesis aún oficial de que Sánchez agotará la Legislatura, volverá a presentarse a las elecciones y, además, podrá, con los resultados, seguir gobernando, se convierte en un traidor, un lacayo de la derecha. Y no.
No: al PSOE que Sánchez comanda y que ha transformado a su imagen y semejanza le van a llover, entre febrero y la primavera, las derrotas electorales: en Aragón, en Castilla y León, en Andalucía. Y los escándalos judiciales: ya el próximo día 8, José Luis Abalos inaugura la temporada yendo a declarar ante la 'comisión Koldo' en el Senado, y a saber qué es lo que ahora tiene que decir, más allá de proclamar su inocencia. Luego vienen la decisión del juez Peinado de procesar en abril (o improbablemente no) a Begoña Gómez;, el juicio contra el hermano del presidente en mayo, y una interminable retahíla de comparecencias mediático-judiciales que reavivarán los titulares, incluso elevando el listón, sobre corrupción económica y sexual en el partido que aún hoy nos gobierna.
No logro, la verdad, imaginar cómo piensa Sánchez pervivir ante este cúmulo de circunstancias adversas. A las que hay que unir la quiebra entre sus aliados, principalmente Sumar, que nadie sabe bien a dónde se dirige, y una coyuntura internacional preocupante, en la que el Gobierno español se ha convertido en una de las 'bestias negras' del hombre más poderoso e imprevisible del planeta, Donald Trump.
Sospecho que, por otro lado, ha comenzado el proceso de desmoralización en el PSOE, consciente de que lo que viene no va a ser precisamente bueno. Nos cuentan crónicas que considero fiables -algo he escuchado también personalmente al respecto-que hay una presión entre cargos institucionales socialistas para un adelanto electoral antes de que, ya esta primavera, la marea se haga incontrolable a todas luces. Y antes de que los logros, que indudablemente los ha habido, especialmente en el campo económico, queden enterrados en los fracasos de no poder sacar adelante nada en el Parlamento -peor aún va a ser intentar gobernar al margen del Legislativo--, en las diferencias internas en el Ejecutivo o por los posibles reveses en el panorama financiero internacional, en el mundo cada día más extraño y hostil de la 'era Trump'.
Confiemos en que el realismo y el sentido común se adueñen de las acciones que pueda emprender una clase política, especialmente la socialista, que hasta ahora ha permanecido al margen de tales virtudes. No sé si 2026 será, como anhela Núñez Feijoo, el 'año del Cambio' (en su beneficio). Sí sé que, salvo un nuevo milagro, ni siquiera el Gran Resiliente podrá sobrevivir, pese a la fragilidad de las oposiciones, pese al 'pasotismo' ciudadano, a todo lo que le aguarda ya en los próximos seis meses, que es hasta donde podemos, de momento, atisbar y predecir. Creo que con poco margen de error, aunque ya se sabe: con Sánchez ¿quién se atreve a hacer de oráculo? Esta vez, me he atrevido a intentarlo. A ver qué estamos escribiendo tal día como hoy dentro de exactamente un año.