MADRID 2 Nov. (OTR/PRESS) -
Hay etapas en las que un país parece preferir mirar hacia atrás antes que seguir preparando el futuro. Por ejemplo, hemos iniciado un mes de noviembre en el que, de nuevo, el nombre de Franco aparece en lo que en mi opinión son excesivos titulares: desde el libro del emérito que todos citan y pocos conocen, pero en el que comete el disparatado error de elogiar al dictador, hasta los renovados intentos gubernamentales por disolver la Fundación Franco, temo que la conmemoración de este 20 de noviembre, cuando se cumple medio siglo de la muerte de quien fuera llamado Generalísimo, no va a ser demasiado pacífica, o va a ser demasiado polémica. Porque, puestos a mirar hacia atrás con ira, son muchas las cuestiones del pasado, más o menos remoto, que nos están saliendo al encuentro, impidiéndonos volcarnos en la construcción del porvenir, en preparar a nuestros 'zetas' para hacerse cargo del mañana.
Tengo para mí que, en torno a esos días de noviembre en los que se conmemora el comienzo de la democracia (que no nació precisamente en el acto de la muerte de Franco, hoy solitario en su tumba de Mingorrubio: más valdría que estas conmemoraciones se hubiesen aplazado a conmemorar 1977) se van a presentar ante nosotros nuevamente los viejos demonios. Convocados por una memoria histórica de la que todos deberíamos participar, pero que queda limitada a solo una parte de las dos Españas.
Para abrir boca, y abordando cuestión distinta al franquismo y el renacimiento de la Monarquía, andamos ya en plena batalla histórico-política a cuenta de los hechos "de dolor e injusticia", por los que el Gobierno español, por boca del ministro Albares, ha pedido ahora perdón al gobierno de la señora Sheinbaum, en relación con la llamada conquista de México. Quinientos años nos contemplan, y la 'otra España' que no es la del ministro Albares, insiste en que aquella fue una conquista ejemplar.
Ay cuando hasta la historia, toda la historia, nos divide. Pedro Sánchez lamentó, en uno de esos actos de exaltación de la llegada de la democracia, que los jóvenes parezcan ver ahora el periodo franquista con luces positivas. Se lo hemos explicado mal, y nuestros sucesivos representantes quizá tengan más culpa de la que tenemos los padres en los silencios con nuestros hijos. A veces es más difícil explicar el pasado que ser transparente con el presente. Pero es que la propia historia que esta fabricando Sánchez en relación con su paso por la gobernación se enzarza ahora con el pasado. No otra cosa es la búsqueda judicial de pagos, papeles, actividades varias, desde 2017, cuando Sánchez empezó a recuperar el poder que en el PSOE le habían arrebatado un año antes. ¿Cómo juzgarán los historiadores del futuro este 'septenato del sanchismo', vamos a llamarlo así?
Los jueces indagan en los años pasados desde el retorno de Sánchez a la cúpula del PSOE tras la 'defenestración de Ferraz'; los historiadores bucean en la 'revisión' de figuras como Hernán Cortés, los hombres de la transición rememoran lo ocurrido desde hace medio siglo. Y los medios de comunicación andamos como desnortados, buscando equilibrios entre la verdad y el revisionismo histórico. Ya digo: más le valdría a nuestro país llegar a consensos básicos al menos en torno al pasado. Pero es precisamente el pasado, cuando el futuro no se contempla, la base de nuestras muchas discordias. No me extraña, como en la espléndida película basada en la obra de Osborne, que la juventud mire hacia atrás con ira. Porque sospecho que, como nos empieza a pasar también a 'boomers' y 'melennials', nuestros 'zetas' no entienden nada de lo que estamos haciendo. Menudo ejemplo les estamos dando.