MADRID 6 Feb. (OTR/PRESS) -
Si Dios o, al menos, el ministro Puente, no lo remedian, la semana próxima va a ser muy amarga para el Gobierno y, de paso, podría serlo también para todos nosotros: una huelga de tres días que prácticamente paralice los ferrocarriles (¡¡y en la era del ferrocarril!!) es algo difícil de digerir.
Solamente un golpe de eficacia negociadora por parte del titular de la cartera de Transportes nos salvaría de tres jornadas, las del lunes, martes y miércoles, que podrían resultar caóticas, especialmente si la tormenta Leonardo se prolonga más de lo esperado sobre nuestras carreteras. Lo que ocurre es que pocos tienen sus esperanzas puestas en esas dotes, nunca demostradas hasta ahora, de don Oscar Puente como negociador. Y lo peor para Pedro Sánchez es que...
Lo peor para Sánchez, si no logra marcarse un tanto frente a los sindicatos ferroviarios, es que el próximo miércoles tiene una comparecencia estelar -él ha querido que fuese casi una rutina, pero no lo ha logrado-en el Congreso de los Diputados. Donde tendrá que hacer frente no solo a la explicación de por qué ahora se da una situación tan gravosa en el funcionamiento de los trenes, sino que, además, tendrá que salir a responder a una oposición que sin duda no perderá la oportunidad de interrogarle (e increparle) también sobre los presuntos muy malos resultados que la candidata socialista, Pilar Alegría, cosechará este domingo en las urnas aragonesas.
Esta vez, los cálculos sobre el 'timing' más conveniente a Sánchez le han fallado: lejos de amainar, la indignación por el caos ferroviario derivado del accidente de Adamuz se ha multiplicado por mil, y no solo, por cierto, en Cataluña con las Rodalies: Andalucía, sin que el temporal sirva del todo como excusa, ha estado casi tres días aislada del resto del país. Y se ha generado una sensación universal de aprensión ante la frase "tengo que tomar el tren". Y, sin duda, el descrédito en la eficacia gubernamental también se ha disparado.
Si existe algo lesivo para el apoyo popular a un Gobierno es que los servicios esenciales dejen de funcionar, que los ciudadanos empiecen a percibir que el Ejecutivo es autoritario y, tercer factor, que cunda la sensación de que el Gobierno es 'demasiado intervencionista'(véase el intento de 'relevo' del aún flamante presidente de indra, por ejemplo). Los tres factores se evidencian de forma nítida cuando la campaña electoral aragonesa llega a su fin oficial y prácticamente se abre la castellano-leonesa.
Sinceramente, me cuesta creer que Sánchez se atreva a comparecer el miércoles ante la Cámara Baja sin tener una mínima estrategia preparada para hacer frente a lo que se le viene, una suerte de 'entrenamiento' para la enorme tormenta de primavera que se cierne sobre su cabeza. ¿Nos prepara el presidente algo más que golpes de efecto polémicos, como lo ha sido la prohibición de que los menores de 16 años utilicen las redes sociales (si es que puede llevarse a cabo) o, ya no tan sorpresivo, el último asalto a Indra? No sé, aumenta mi sensación de que así mucho tiempo no va a poder seguir, por mucho que Elon Musk le ayude con sus diatribas: Sánchez necesita un golpe sobre la mesa. Y yo creo que lo dará. Porque ya digo: hoy por hoy, no parece haber tren que detenga al Gran Resiliente, aunque ese tren pueda detener al país entero.