MADRID 28 Sep. (OTR/PRESS) -
Decía un filósofo francés del siglo XVI, y ya ha llovido, que "cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto". Los ciudadanos están perdiendo el respeto a quienes mandan, seguramente porque el ejercicio de la política hoy, aquí, y no sólo desde el poder, es una permanente falta de respeto no sólo a sus votantes sino a los ciudadanos todos. La inacción ante los problemas reales, la falta de respeto a la verdad, los insultos, la desconsideración hacia el adversario político, la demonización de todo lo que no coincide con nuestra opinión, la perversión intencionada del lenguaje, la ignorancia de los límites y la violación consciente y constante de la realidad y de la legalidad para acomodarla a los intereses de unos pocos, el incumplimiento de las normas básicas de la democracia, la corrupción, el escándalo de un Parlamento convertido en un escenario de batalla estéril, reflejan no sólo esa falta de respeto que deberían tener los políticos a los ciudadanos y una pérdida de la dignidad moral de quienes nos representan; demuestran, sobre todo, que se han perdido el respeto a sí mismos y que, por tanto, no pueden exigírselo a los ciudadanos. Y cuando la política deja de servir a los ciudadanos, lo previsible es que éstos reaccionen.
No es casual, no es circunstancial. Es un ejercicio permanente que busca rédito y falsos relatos allí donde no se pueden enseñar méritos. Esconde y difumina las acciones que acaban perjudicando a la sociedad. Este Gobierno les ha perdido el respeto a los ciudadanos de Ceuta como antes a los de La Palma y a los que padecieron la DANA y saben que cualquier día se puede repetir porque no se ha puesto remedio a lo que la provocó. Todavía nadie se ha hecho responsable del apagón que dejo a España a oscuras ni sabemos las causas reales de la tragedia de Adamuz. Descubrimos que un ex presidente del Gobierno se guarda las joyas que deberían ser parte del Patrimonio Nacional y además trata de eludir su responsabilidad. No se respetan las fronteras y el Gobierno se aprovecha de los débiles y se rebaja ante los que ponen en riesgo la seguridad nacional. Pero, sobre todo, lo más grave es el alarde de que todo va bien y la incapacidad de solucionar los problemas reales después de ocho años de Gobierno. No solo se ha perdido la vergüenza: nos están faltando al respeto.
Y, además, provoca contagio. Tras escuchar estos días que un desahucio lamentable -al que se podía y se debía haber dado una respuesta institucional- convierte a la persona desahuciada en "el Miguel Ángel Blanco de la vivienda" y provoca un órdago de una parte del Gobierno contra otra, cuando desde que Pedro Sánchez es presidente de "un Gobierno de progreso" se han hecho en España 225.000 desahucios sin protestas en la calle, sin motines o sin hacer nada para cambiar las leyes, el estallido era previsible. La nuestra es una sociedad dividida por barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. Ocho años en el Gobierno prometiendo cientos de miles de nuevas viviendas y sin hacer ninguna, y ahora están urgidos por la presión de la calle a aprobar un decreto que en lugar de solucionar el problema, lo multiplicará. Digan lo que digan, los fondos buitre sólo poseen el 10 por ciento de los inmuebles y donde se han tomado medidas para limitar la subida de los precios se ha conseguido que se retiren miles de viviendas del mercado. Es un problema muy complejo para el que algunos proponen soluciones simples. Sánchez tiene en contra a sus socios de Gobierno, a la mitad de los españoles, a los ciudadanos ceutíes, a los miembros de las fuerzas de seguridad, a buena parte de los jueces y de los medios de comunicación, a los médicos y, ahora, a cientos de miles de ciudadanos que no pueden comprar ni alquilar una vivienda. Y, además, este conflicto va a reordenar el mapa político. Puede sacar de su crisis de fondo y de su inoperancia a la dividida extrema izquierda - que se apresura a encabezar la causa, aunque sea responsable del problema- y rematar al PSOE. Pero también es una advertencia a la derecha. No se puede jugar sólo a la contra y si llegan al Gobierno, van a tener que hablar y negociar con todos. Ahora, el prestigio y el respeto están desaparecidos. Y toda esta forma de hacer política, amenazada.