MADRID 10 Abr. (OTR/PRESS) -
Se equivocó el director general de Tráfico cuando, en vísperas de la operación salida de Semana Santa, estableció como objetivo reducir el número de víctimas en la carretera por debajo de los tres dígitos, algo que no se había conseguido nunca. Como no ha sido así, es lógico que se le impute el error de predicción como un fracaso. Pero si por casualidad la negra estadística hubiese registrado un número de muertos inferior a cien, hubiera sido una obscenidad considerar el recorte como un éxito.
El gusto por la estadística se está convirtiendo en algo obsesivo en nuestra sociedad. Sin duda es más fácil manejar números que razones: las cifras permiten visualizar la magnitud de un problema, facilitan a los periodistas comprimir un problema complejo en un simple titular y a los políticos, testar la eficacia de determinadas medidas. Por eso no hemos tardado ni un segundo en cuestionar la eficacia del carné por puntos a la vista de la larga lista de muertos que han quedado en la carretera en estos días de vacaciones.
Yo soy de los que ha vuelto. He regresado a casa con todos mis puntos y con toda mi familia, pero he visto cosas en la carretera que te hacen pensar que estar a uno u otro lado de la estadística depende de circunstancias que no siempre están en tu mano. Por eso, aunque requiera entrar en complejidades, sería conveniente que cuando se ofrezca el balance de cada operación de tráfico se especifiquen las razones concretas de cada accidente. Sería útil saber cuántos ciudadanos han muerto por imprudencias propias y cuántos han sido asesinados por locos al volante, cuáles han sido las vías en las que se han producido mayor número de accidentes y en qué estado se encontraban, cuántos coches de los que se han visto involucrados en accidentes no estaban en condiciones para ponerse en carretera, cuántos conductores muertos tenían un expediente impecable y cuántos estaban al borde de la retirada... Eso nos ayudará a entender mejor el problema y abordar en un futuro otras soluciones.
Soy partidario del carné por puntos y tengo la sensación de que algo está cambiando en la forma de conducir, aunque para percibir sus efectos necesitaremos de una mayor perspectiva. Me parece una barbaridad que cada año dejen su vida en la carretera más de cuatro mil personas, pero todavía recuerdo cuando, no hace mucho tiempo, morían casi seis mil con la mitad de coches circulando por el país. Y creo también que el mismo ímpetu que se pone en perseguir al conductor infractor debería ponerse en penalizar a las administraciones que no mantienen bien sus carreteras o en impedir que se fabriquen coches que pueden alcanzar el doble de la velocidad máxima permitida o en exigir que los vehículos lleven de serie limitadores de velocidad, mucho más útiles para el problema que nos ocupa que otros equipamientos superfluos.
Y aún así, seguiremos registrando cada año negras estadísticas. Aunque al reducir el número de dígitos quizás podamos conocer el nombre y apellidos de quienes no regresaron, y sus historias dramáticamente truncadas.
Isaías Lafuente.