MADRID 28 Jul. (OTR/PRESS) -
Cuando se abandona precipitadamente la casa dejándole las llaves al fuego, lo que se queda dentro no es sólo cuanto compone el atrezzo y la utilería de nuestras vidas, ropa, libros, vajillas, cuadros, cartas, fotos, regalos, cortinas, sino nuestras vidas, y con ellas nuestras almas, pues todas esas cosas, como escribió Neruda, están llenas de nuestras almas, respiran y significan merced a la vida que nuestras almas les confiere, y quedan allí, desamparadas y mudas, mientras corremos hacia ninguna parte, desamparados también sin ellas.
Esto mismo es lo que están viviendo, desviviendo más bien, decenas de miles de personas en España y en Francia, en el Valle del Tiétar, en La Vall d'Uixó o en las inmediaciones de Burdeos, donde fue a morir aquél Francisco de Goya nuestro que tan magistralmente retrató los infiernos. El sueño de la razón produce monstruos, tituló el genio aragonés la estampa de uno de ellos, y, en efecto, éstos que nos devoran hoy, que nos calcinan los bosques, las dehesas, los graneros, las casas, las alamedas, son monstruos engendrados por la sinrazón, la del desprecio a la vida sobre la Tierra que la ha arrojado a la hoguera del cambio climático.
Pero mientras los incendios, incendios como nunca se habían visto, se quedan con todas las escrituras del caserío y de los montes comunales, aún hay quienes, como ese Miguel Bosé que canta tanto desde que no canta nada, pretendiendo echar los restos de la razón a las brasas. Desde las necias redes sociales, necias por estar pobladas cada vez por más necios, se complacen en exhibir su mentecatez sin límites mientras la vida se abrasa, y ni las llamas ni el humo ni las pavesas les alcanzan, que otra cosa sería, tal vez, si les alcanzaran.
En otro momento, cuando se consuman los fuegos y sólo quede el gemido lúgubre del viento al pasar entre los árboles quemados, habrá ocasión de hablar y hablar, y seguir hablando, sobre los pormenores económicos, sociales y políticos de toda ésta muerte anunciada. Ahora lo impide la turbación ante el yermo de tantas almas.