Victoria Lafora.- El hombre que hacía falta.

Publicado 23/03/2014 12:00:16CET

MADRID, 23 Mar. (OTR/PRESS) -

Adolfo Suárez ha sido, desde la penumbra en la que le sumió el Alzheimer, un referente moral en estos años de desprestigio de la política y de los tunantes que llegaron al oficio de la cosa pública para forrarse. Él no sabía que el entusiasmo democrático, la fe en unas instituciones políticas que tanto había costado construir, se habían evaporado en la sociedad española. Pero su figura, tan denostada en su momento, había crecido como la sombra de un gigante silencioso.

Hace muchos años, después de las elecciones de 1982 que convirtieron a su nuevo partido el CDS en una fuerza marginal con tan solo dos escaños en el Congreso, donde se sentaban él y Agustín Rodríguez Sahagún, nos dijo a un grupo de mujeres periodistas." Algún día volveré a la Moncloa como presidente del Gobierno".

Pensaba que le quedaban muchas cosas por hacer y que el secreto que rodeó su salida del Gobierno no era impedimento para volver y terminar la tarea. En el 86, lleno de vigor y rodeado, por fin, de un equipo de fieles consiguió convertirse en el líder más votado después del PSOE y el PP. Tenía, por entonces, una gran admiración hacia Felipe González y envidiaba la sólida relación que unía a González con Alfonso Guerra. La relación entre ambos dirigentes socialistas acabó igual de mal que la suya con Fernando Abril pero, para él, que se había sentido tantas veces traicionado, la lealtad era un valor inconmensurable.

Porque si algo caracterizó su mandato fueron la luchas intestinas de ese partido de aluvión llamado UCD donde, al abrigo del poder, se juntaron personalidades tan dispares, componiendo una jaula de grillos, donde el objetivo final era quitar a Suárez para ponerse ellos. Pero ninguno tenía, como se demostró después, ni su fuerza, ni su coraje, ni su intuición, ni su ductilidad, ni su chulería. Para dar la vuelta a la historia de España, aunque ahora nos parezca que se quedaron temas fundamentales en el tintero, o que se pagó un precio excesivo al franquismo, hacía falta un hombre que no se arredrara ante las dificultades, que no dejara los temas pudrirse; un hombre con una capacidad de convicción capaz de engañar a un sabio. Tomó las decisiones más difíciles completamente solo. Improvisaba cada día salidas ante un ejército levantisco, un terrorismo sangriento y una oposición que no le dio tregua.

Pese a ello, consiguió el consenso suficiente para sacar adelante una Constitución que se ha convertido en la más longeva de la historia española y que configuró el estado autonómico que sus sucesores han convertido en un barco que hace agua por todos los costados.

No volvió nunca a la Moncloa como presidente del Gobierno porque seguramente si remató toda la labor que puede hacer un hombre solo. Comparando su tiempo con el actual ¿se imaginan si la Transición la hubiera pilotado un político como Rajoy que no habla del caso Gürtel para ver si amaina o que no ha decidido aún quien va a ser su candidato a las europeas de mayo? Seguramente seguiríamos gobernados por la lucecita del Pardo.

OTR Press

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