Crítica de El juego de Ender: La forja de un genocida

Actualizado 17/12/2013 22:05:56 CET
El juego de Ender
Foto: EONE FILMS
El juego de Ender El juego de Ender El juego de Ender El juego de Ender

   MADRID, 8 Nov. (EUROPA PRESS - Israel Arias)

   Casi treinta años ha tardado Hollywood en afrontar el reto que supone llevar a la gran pantalla El juego de Ender, el clásico de la ciencia ficción de Orson Scott Card. Un envite que resuelve con una efectista superproducción protagonizada por Harrison Ford, Ben Kinsley y el joven Asa Butterfield.

   Gavin Hood dirige esta cinta de más de cien millones de dólares para trasladarnos hasta un futuro en el que la humanidad se enfrenta a su aniquilación "a manos" de los insectores, una agresiva y más avanzada raza extraterrestre.

   Ya nos atacaron antaño, pero gracias a la heroica actuación de uno de los generales terrícolas, el legendario Mazer Rackham, conseguimos repeler la invasión. Pero la amenaza -como la verdad- sigue ahí fuera y derrotarla definitivamente es la única forma de garantizar la supervivencia futura de la humanidad.


   En este contexto de conflicto, las autoridades se dedican a monitorizar a los niños más brillantes de todo el planeta y reclutar los sobresalientes para modelarlos a su antojo y convertirlos en expertos estrategas.

   El mundo dedica sus recursos a una maquinaria que fabrica asesinos fríos, calculadores, completamente letales... y menores de edad. Líderes de férrea voluntad que dirijan las tropas humanas hacia la victoria en el futuro -y asumido como inevitable- enfrentamiento con los insectores.

   Uno de estos pequeños genios es Andrew Ender Wiggin, un tercero. Sus genes son inmejorables y por eso a sus padres se les permitió tener más de los dos hijos autorizados por familia. Su hermano, Peter, fue excluido del programa por ser demasiado agresivo. Su hermana, Valentine, por ser demasiado blanda.

   Pero él, que ha nacido únicamente con ese objetivo, sí es reclutado por la Flota Internacional para su entrenamiento en la Escuela de Batalla donde se convertirá en la última y la más fiable esperanza de la humanidad frente a los terribles insectores.

   Estos son los cimientos básicos sobre los que se alza la primera (y más notable) novela de una saga que, al abrigo del buen nombre conseguido con su arranque, Scott Card ha ido alimentando durante los años.

   Apoyado en esta estructura Hood -ganador del Oscar a la mejor película de habla no inglesa con Tsotsi- arma una producción que entretiene como espectáculo de acción sci-fi, pero que se queda a medio camino a la hora de exprimir todo el jugo a la aclamada obra en la que se basa. El proceso de creación de un genocida podía ser mucho más rico y apasionante.

VICIOS Y VIRTUDES

   Pero comencemos por sus virtudes, que no son pocas. Y sin duda alguna las más vistosas son las técnicas. La grandiosa potencia visual de El juego de Ender hace que la espera de casi tres décadas para ver en pantalla grande el clarividente universo ideado por Scott Cart hayan valido la pena. Espectacular.

   Y entre estos impecables fuegos de artificio, es también de alabar el buen trabajo de Asa Butterfield. El niño de la deliciosa La invención de Hugo encarna a un Ender demasiado espigado pero totalmente fiel al personaje de la novela, un niño genial que se sabe superior pero que lucha consigo mismo por no hacer precisamente lo que el destino de la humanidad le exige: aprovechar sus dones para aplastar a su oponente.

   Butterfield, arropado por otros jóvenes talentos de Hollywood como Abigail Breslin (Valentine) o Hailee Steinfeld (Petra), aguanta el tirón ante los miembros más talluditos del reparto: un buen Harrison Ford, que interpreta al manipulador Coronel Graff; Viola Davis, que interpreta a la algo maternalista Mayor Anderson; y Ben Kingsley, que simplemente cumple en la pequeña parcela que le permite un guión que acorrala demasiado a su personaje, Mazer Rackham.

   Pero la legendaria figura del héroe de guerra de la Flota Internacional no es la única que sufre en el guión que firma el propio Hood. El comportamiento de algunos de los adultos que pueblan el universo de Ender puede parecer algo errático y desconcertante para quienes sean totalmente ajenos a la novela. Una tara típica, y casi tradicional, en los personajes dibujados por guiones obligados a intentar condensar en una película el torrente de información y matices de la obra en que se basan.

   Teniendo en consideración este atenuante, a El juego de Ender le podemos perdonar también su por momentos atropellado desarrollo, sus escasas incursiones en la Sala de Batalla -un escenario en el que la novela forja buena parte de lo que Ender llega a ser- o la total omisión de la trama paralela que se desarrolla en la Tierra y que tiene como protagonistas a los hermanos Peter y Valentine.

BONZO ¿MADRID?

   Podemos pasar por alto incluso el hecho de que el único español que aparece en la historia -Bonzo Madrid (Moises Arias), natural de Cartagena- sea un púber bajito y enclenque (en el libro le saca a Ender varios palmos de estatura) con pinta de marero y que vive con la palabra "pendejo" en la boca.

   Pero lo que es imperdonable en esta adaptación es esa insistencia por chafar al espectador el giro final de la obra de Scott Card. En esa sorpresa es donde reside parte de la fuerza de la novela y, por tanto, de la propia historia. Los repetidos esfuerzos -ya apuntaban maneras algunos de los tráilers- por destripar el desenlace se antojan no solo muy contraproducentes a la hora de valorar el impacto final del conjunto, sino verdaderamente exasperantes desde el patio de butacas.

   Spoilers al margen, El juego de Ender es un vistoso y entretenido filme de acción espacial, pero demasiado simplón en su desarrollo. En el proceso de forja del potencial genocida insector y salvador de la humanidad, la cinta de Hood se deja por el camino algunos matices esenciales que hicieron tan especial la historia de Orson Scott Card. Algo más que un juego de niños.

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