EP/AYUNTAMIENTO DE MADRID
Un anciano hundido en un sillón orejero, al fondo de la habitación. Su expresión es melancólica, si no triste. Se diría que mira sin ver. Como si mirase para adentro. Un niño pequeño, de tres años escasos, revolotea a su alrededor. En un momento dado, se acerca: "Abuelo, ven a jugar conmigo". Y el abuelo, cambiando el rictus por la sonrisa, hace el gesto de levantarse, pero vuelve a caer.
Entonces el nieto coge con sus manecitas regordetas las rugosas del anciano, e intenta ayudarle. Al final, el abuelo se incorpora, lentamente y simulando un gran esfuerzo, lo que hace al pequeño exclamar alborozado: "¡Qué fuerte soy! ¡Yo he levantado al abuelo!".
En la vida de muchas familias de antes, escenas como ésta eran frecuentes. No hacían más que desvelar el 'feeling' especial que de un modo misterioso suele darse entre la primera y la tercera generación, para ventaja de la segunda, que siempre ha valorado positivamente los servicios de los mayores, muy por encima del personal contratado o de las guarderías.
La escena que describimos ha ido diluyéndose en nuestros días, y en ocasiones ha desaparecido, en la misma medida en que han aumentado los divorcios y las residencias de ancianos.
Una vez más, el ciudadano medio ha aceptado pasivamente los cambios que las nuevas modas han traído a nuestra sociedad del post: postindustrial, postmodernista, y se ha sometido de modo acrítico a los efectos perversos que algunos de estos cambios han producido en determinados campos, sobre todo en aquellos que escapan a una cuantificación estadística.
Como es, por ejemplo, la calidad de una vida en la que una buena parte del tiempo se dedica a la convivencia serena y a la atención a las personas singulares (por ejemplo, la soledad de los niños y el aislamiento de los ancianos).
Apreciamos hoy en día una cierta devaluación de la herencia cultural del pasado. A las tertulias de después de la cena en torno al fuego en nuestros pueblos, ha sucedido la sumisión a la tecnología (televisión y ordenadores), donde los personajes centrales son los famosos de turno, aunque su calidad sea más que cuestionable.¿Merece la pena aceptar pasivamente la evolución de una sociedad que desprecia y suplanta esos momentos de alta calidad humana, como son las tertulias familiares de después de la cena?.
Volviendo a la anécdota inicial, podríamos pensar en el grado de felicidad que proporciona, tanto al niño como al anciano, la escena que hemos descrito. El niño conmueve al anciano, que al acceder a su demanda se aniña. El pequeño se crece como adulto al comprobar que es capaz de dar más de sí. Ambos dan y reciben, Ambos ganan como personas, como miembros de la misma familia y como ciudadanos.
Todos ganan, y en ese juego de transacciones se alcanzan los valores de la más alta calidad (amor desinteresado, finura de espíritu, servicio gratuito, interés por las personas antes que por las cosas, etc.).
Las ideas anteriores se brindan a la reflexión de las personas con recta intención y buena voluntad. Aunque han sido escritas para que las lea quien quiera hacerlo. También queremos hacer algo gratuito y ponerlo al servicio de los demás.
Ana María Navarro Ferrer es profesora jubilada de Ciencias de la Educación de la Universidad de Navarra.