Heidi, Diana y Wendy son los nombres de tres hermanas de siete, ocho y doce años de edad, que fueron violadas y luego asesinadas en Guatemala, hace pocos días. Al día siguiente se encontró el cadáver de una mujer --cuyo nombre no aparece en los periódicos, pero sí la descripción de que era indígena--, que guardaba celosamente entre sus brazos a una bebé de sólo cuatro meses. la pequeña sobrevivió pese a la violencia con que fue asesinada su madre.
Estos son los crímenes que día a día son noticia en Guatemala, pero que permanecen invisibilizados por otros casos denominados de "alto impacto". Esta también fue la historia de casi cuatro décadas de conflicto armado interno, donde los cuerpos de las mujeres se convirtieron en escenarios de legitimación y de demostración del poder detentado por los grupos militares y paramilitares, encargados de la política contrainsurgente, que como en la mayoría de las guerras, humilló la identidad colectiva de los pueblos a través de las depositarias del "honor" y de las señas de esa identidad: las mujeres.
Las negociaciones políticas, como los acuerdos de paz, prescinden constantemente de las garantías necesarias para promover la rendición de cuentas en los crímenes por razones de género, fomentando así una lógica páctica generadora de impunidad. Estos pactos de silencio son participados por todas las partes, en todas las etapas del conflicto, desde las clases políticas, donde las mujeres no estamos representadas, hasta los espacios más íntimos, donde seguimos careciendo de voz y voto.
De esa cuenta que a la madre de las tres niñas asesinadas sólo le queda su fe para encomendar a Dios la tarea de impartir justicia por el crímen contra sus pequeñas hijas, en un país donde no se puede confiar en las instituciones democráticas, pues las mujeres no somos ciudadanas de pleno derecho y la democracia es una utopía tan lejana e inalcanzable como la justicia. La madurez democrática que permite a partidos políticos plantear que las mujeres podemos y debemos estar representadas en los espacios de toma de decisiones nos es, en países como Guatemala, muy lejana.
Millones de mujeres que hemos hecho de España nuestro segundo país, vivimos "con dos corazones" y militamos en diversos frentes, como único recurso para acceder a los espacios de toma decisiones, intentando fortalecer la madurez democrática de la institucionalidad de las mujeres, sean de donde sean, mientras seguimos luchando porque estas mismas mujeres y tantos hombres comprometidos intenten ver hacia los otros países donde los conflictos siguen aniquilando simbólica y materialmente a las mujeres que 'pseudo-democracias', como la de Guatemala, no han podido representar ni proteger.
Y esto no significa que seamos un grupo de extranjeras que hemos cedido al "imperialismo cultural" del que tanto nos acusan cuando nos replanteamos cuestiones como los modelos de democracia. Se trata de ser conscientes de que sólo una agenda política que, como dice Rosa Cobo, "esté constituida por pactos políticos entre mujeres" --lo cual supone estar en la situación de poder pactar--, puede darnos la capacidad de que nuestros intereses cuenten, aunque otros opongan resistencia, aquí y allá.
Y cuando nuestros intereses cuenten, quizá entonces, a todas y a todos, seamos de donde seamos, nos interese exigir justicia para Marta, la de aquí, para Wendy, la de allá, y para otras tantísimas cuyos nombres aún son XX y que son de todas partes. Quizá entonces sería posible evitar crímenes aberrantes como el de la madre de aquella criatura de cuatro meses, cuyo proyecto de vida ha sufrido un daño difícilmente reparable.
Mercedes Hernández preside la Asociación de Mujeres de Guatemala, pertenece a la Comisión de Derechos Humanos Hispano Guatemalteca y a la Plataforma de Mujeres Artistas contra la Violencia de Género. Amenazada de muerte en su país, actualmente reside en España.