MADRID, 25 Mar. (EUROPA PRESS) -
La 'guerra de la soja' transgénica arrecia en Paraguay, donde se ha cobrado ya la vida de al menos dos campesinos y cientos de desplazados a causa de las fumigaciones tóxicas, según diversos artículos de la prensa local recogidos por Canal Solidario.
Según los datos de la 'web' ecologista Biodiversidad en América Latina, los cultivos de soja transgénica ocupan cerca de dos millones de hectáreas de terrenos en Paraguay, cifra que posiblemente se duplicará en los próximos años, "un inmenso monocultivo que abastece de materia prima barata a Estados Unidos y países europeos".
De hecho, la soja transgénica es ya el principal producto de exportación y, como ocurre con las fuentes de riqueza en numerosos países en desarrollo, se ha convertido también en fuente de conflicto social, entre campesinos, grandes productores y Gobierno. La economía nacional, de esta forma, va dependiendo cada vez más de una materia prima cuyo precio no deja de caer.
A finales del pasado enero, la crisis larvada durante años se cobró dos víctimas mortales, cuando una patrulla de la Policía disparó contra un camión que transportaba a un grupo de campesinos que se dirigían hacia el asentamiento 'Juliana Fleitas' para protestar contra la fumigación de 70 hectáreas de soja.
La posición de los campesinos se radicalizó entonces, y ahora no sólo quieren el fin de las fumigaciones con agrotóxicos, sino que de hecho exigen el fin del cultivo de soja en el país. La mayoría de los productores son latifundistas, muchos de ellos colonos brasileños, los llamados 'brasiguayos', atraídos por los bajos impuestos, por el reducido precio de arrendamiento de las tierras y por el escaso control medioambiental que ejerce la Administración.
A medida que crecían los cultivos de soja, la población campesina se ha visto forzada al éxodo rural. Aunque el Gobierno no habla oficialmente de 'desplazamiento', el censo oficial muestra un acusado descenso de la población rural.
Los mismos campesinos aseguran que este fenómeno se debe en parte a la penetración de los cultivos de soja, que reduce notablemente sus posibilidades de trabajo, y a la utilización de los herbicidas tóxicos, muy dañinos para la salud. Es más, estos productos no permiten que crezcan en estos terrenos ninguna otra planta que no sea la soja transgénica, preparada para resistir a la fumigación.