MADRID 7 Abr. (OTR/PRESS) -
Todos los expertos coinciden: el terrible accidente nuclear de Fukushima, que hasta ayer seguía vertiendo al mar agua altamente contaminada, ha abierto el debate sobre los riesgos de la energía nuclear no afrontado hasta ahora.
Los momentos de pánico, como el que ha recorrido el espinazo del mundo occidental ante la imposibilidad de controlar la radiación vertida al agua y al aire por unos reactores a los que no llegaba la refrigeración necesaria tras el maremoto, no son buenos para el análisis y el debate. La crisis de Fukushima todavía no esta solucionada.
Aún así, al calor de populismos electoralistas, el gobierno alemán de Ángela Merkel ha cambiado su entusiasmo nuclear en menos de veinticuatro horas. De nada le ha servido. Ha perdido igualmente las elecciones, tal vez porque los ciudadanos no son tan tontos como se creen y estas "conversiones" súbitas huelen a tongo.
Pero el debate nuclear está ahí. A la espera de que se analice de forma seria, científica y ponderada que tipo de energías, en plural, van a ser las que permitan en el futuro seguir manteniendo el tipo de vida que la sociedad occidental demanda. Los residuos fósiles (petróleo y otros) están llamados a desaparecer y además son altamente contaminantes. Las llamadas energías alternativas no son suficientes (de momento) ¿y la energía nuclear?
Cuando el Gobierno de Zapatero decidió prolongar la vida útil de las centrales españolas, siguiendo el informe técnico del Consejo de Seguridad Nuclear, estaba en cierta forma incumpliendo una promesa electoral. La frontera la marcó Garoña. Parecía por las palabras del ministro de Industria Miguel Sebastián que su cierre era innegociable. Luego vinieron los pactos sobre la reforma de las pensiones y hubo algún juego de intercambio, desmentido con poca rotundidad.
Ahora los analistas del banco suizo UBS colocan a Garoña en la lista negra de las centrales condenadas al cierre. Eso sí, en el 2013, cuando estaba previsto, y no en el 2019 que es la moratoria que se solicita, se exige, por el Partido Popular.
El problema es que la central de Garoña, construida en el año 1971, es de las más antiguas del mundo. Las nuevas exigencias de seguridad que se van a imponer a nivel mundial tras el desastre de Fukushima hace que las inversiones sean muy difíciles de amortizar según los analistas suizos.
Entre otras cosas porque la central necesitaría un costoso sistema de refrigeración nuevo dado que la Confederación Hidrográfica del Ebro ha señalado que con el actual hay riesgo si baja el caudal del Ebro en época de sequía.
Se da la paradoja de que si el PP gana las elecciones en el 2012 sea el encargado, después de clamar con tanto ruido por su continuidad, de cerrar Garoña. ¡Que ironía!