MADRID 3 Abr. (OTR/PRESS) -
Todo empezó, hace muchos, en Bilbao. El domingo de Ramos, mis padres ya tenían preparadas las palmas para mis cuatro hermanos y para mi. Puntuales y repeinados nos llevaban a ver la procesión del Borriquito a la calle Henao. Allí estábamos en primera fila y si la memoria no me lleva a equívocos, luego nos llevaban al parque de Doña Casilda. Allí nos compraban barquillos que enganchábamos a nuestros dedos y patatas fritas en el puesto de Boni. El rito se repitió con mis hijos.
Así fue durante unos cuantos años. Pensaba entonces que no había más Semana Santa que la de Bilbao. Austera, sin bandas de música y sin pasos deslumbrantes. Me gustaba.
Pasaron los años y la vida te lleva a otros,lugares. En este caso a Sevilla guiada por el hombre que libremente elegí para ser mi eterno compañero de vida y padre de mis cuatro hijos. La vida nos lo arrancó pero tuvimos el regalo de más de 30 años para con él descubrir un mundo para nosotros ignoto.
De su mano de descubrimos las flores de cera, la música de las bandas que parecen orquestas sinfónicas. Descubrimos el intenso olor a incienso y las petaladas y las chicotas y a mujeres vestidas de negro con mantillas que parecían cristales negros. Vimos como gente humilde se vestía con sus mejores galas,Descubrimos la inmensa belleza de las vírgenes dolorosas que con su mirada tan tierna como dolida te dejan sin aliento. Descubrimos a los inmensos crucificados, sus cuerpos lacerados y heridos y sus rostros dolientes pero serenos. Descubrimos las llamadas bullas y la emoción de los sevillanos y toda una estética que abruma por su inmensa belleza. Y todo ello seguido con la emoción propia de unos ciudadanos para quienes estos días son días grandes, especiales. Unos ciudadanos que lo mismo rezan que lloran, que contemplan en silencio a sus cofradías y gritan "guapa, guapa" a la Dolorosa por la que sienten especial devoción.
Su padre enseñó a sus hijos a vestirse de cofrades y ahora se ayudan entre ellos. A no tardar mucho mis hijos vestirán a los suyos. Fueron tiempos felices y plenos que hoy, alejada de aeropuertos, estaciones de tren y en el silencio de una ciudad vacía recuerdo con paz y alegría.
El sentimiento de la nostalgia está denostado por muchos. Hay quienes aseguran que la nostalgia te ata al pasado de manera que no te deja ver el presente, que es un sentimiento inútil, que lo importante es el presente. No, la nostalgia no ata al pasado. La nostalgia es un privilegio de quienes hemos tenido la inmensa suerte de tener la vida jalonada por grandes momentos, por una familia que siempre te acoge, por amigos que te acompañan. La nostalgia de todo eso no conjura las ausencias, ni los momentos difíciles que la vida siempre nos tiene reservados pero esa nostalgia no deja de ser una nostalgia alegre porque forma parte de nuestro equipaje vital y nos lleva a no olvidar una infancia feliz y una madurez plena que nos invita a aceptar el presente y el paso del tiempo . La nostalgia no te convierte en idiota, solo te recuerda de donde vienes y lo que viviste para seguir viviendo.