MADRID 23 Feb. (OTR/PRESS) -
¿Cuánto tiempo es un instante?¿La radiografía de un segundo o toda una vida, o todo un volumen literario entero, como 'la magdalena' de Proust? Si lo medimos en segundos, desde aquel intento de golpe de Estado, que iba a ser cruento, del 23 de febrero de 1981 hasta hoy, este 23 de febrero de 2025, han pasado algo más de mil trescientos millones de segundos, me informa, a mí, que soy de letras, mi amigo GPT.
Ahora, creo, en esta fecha conmemorativa (44 años han pasado) de tan lamentable suceso, lo que interesa no es la radiografía o anatomía de aquel instante que pueda hacer un escritor peor o mejor informado -él no lo vivió en directo, yo sí-de lo que ocurrió, sino lo que ha sucedido en esos mil trescientos ochenta y ocho millones de 'instantes' (segundos) siguientes, hasta hoy. Y ha ocurrido mucho, muchísimo: se nos ha transformado el país. Y se han modificado nuestras almas.
Nuestros jóvenes, esos que, dicen las encuestas, 'añoran' a un Franco del que hoy lo peor se quiere desconocer, saben poco de aquellos sucesos del 23-f que a tantos nos conmocionaron y que significaron una vacuna para cualquier ulterior intentona militar contra la democracia que ya llevaba casi un lustro de vigencia. Y ello, la desinformación digo, pese a los capítulos televisivos que, con base a lo que cuenta el escritor famoso y mimado, que a mí me parece que no es todo -sostuve una polémica periodística con él hace ya algunos años--, miran hacia atrás sin demasiada ira y que tanta audiencia han cosechado en las últimas semanas y días, hasta anoche mismo. Probablemente, toda-toda la verdad, desde la participación disuasoria del rey Juan Carlos hasta la trama civil, o la presunta involucración de los servicios secretos, quede sumida en la niebla para siempre.
Por tanto, lo importante ahora, más que lanzarnos a disquisiciones historicistas, es realizar la anatomía de los 757 millones de segundos (gracias, chat) que nos quedan desde hoy hasta ese 23 de febrero de 2050, los 'tiempos de Leonor I', en los que nada será como hoy es, los 'zetas' mandarán en el mundo y la sombra de Trump, Putin y demás referentes conocidos -no digamos ya el ex teniente coronel Tejero-se habrá diluido tanto que ya ni serán recordados, como si fueran reyes godos, por las generaciones que entonces decidan.
Creo, sin embargo, que no tenemos derecho a olvidar, porque hoy por hoy sí tenemos bastantes lecciones que aprender de aquello que ocurrió hace cuarenta y cuatro años. Lo primero, que quizá en estos instantes mucha más aprensión podríamos sentir hacia algunas fuerzas civiles que hacia las castrenses; que la democracia, que siempre es perfectible, se consolida con más democracia, y que el progreso se cimenta con la unidad de acción de las fuerzas políticas que creen, y dicen, representarnos, no sé si siempre muy dignamente.
Claro que no corremos peligro de golpe de Estado militar alguno: hoy, nuestras Fuerzas Armadas son, simplemente, ejemplares en su respeto de la legalidad civil. Y estamos en Europa, que, digan lo que digan Trump (y Putin) sigue siendo, con todo, el mejor de los mundos. Pero sí tenemos el riesgo de que, por egoísmos políticos, falta de patriotismo o falta del más mínimo sentido ético, nuestra democracia se vaya desgastando, oxidando, hasta quedar irreconocible.
Y ese es un mensaje que, me parece, hoy, cuarenta y cuatro años después de aquellos hechos vergonzosos, de los que, menos mal, salimos con bien, hay que lanzar por doquier: vigilemos nuestra democracia de quienes, proclamándose demócratas por encima de todo, la están socavando. Que una democracia no es tal simplemente por acudir a votar cada cuatro años, o sea, cada 126 millones de segundos si las legislaturas se agotan. Una democracia se construye día a día, con el heroísmo de la cotidianeidad de hacer funcionar un país todos y cada uno de los instantes; lo que, en este cuarto de hora, resulta que no es el caso. No diré nombres de presuntos o reales responsables: que cada cual los designe a su criterio, que candidatos para el señalamiento, tejeros disfrazados de civil y de demócratas, sobran.