Publicado 23/02/2026 08:00

Francisco Muro de Iscar.- Cuaresma y Ramadán

MADRID 23 Feb. (OTR/PRESS) -

Se han escandalizado algunos católicos porque este Gobierno, por boca del ministro Bolaños, ha felicitado a los musulmanes por el comienzo del Ramadán y ha ignorado el comienzo de la Cuaresma. Lo de Bolaños, que luego ha llamado "señoritos ultraderechistas" a quienes le han criticado por decir eso, no le puede extrañar a nadie que le siga aunque sea de lejos. Él y este Gobierno no pueden tragar a una Iglesia católica a la que querrían ver callada, acrítica, plegada al Gobierno, refugiada en las iglesias, perseguida por los abusos de algunos de sus miembros y dócil ante las tropelías reiteradas del Poder. Bolaños, que se salta a los obispos españoles, para tratar de llevar a Roma al terreno que a él y a su jefe les interesa, con escaso éxito, pierde cada año la oportunidad de ser, como debería, un ministro de todos los españoles. Aunque sólo fuera porque dentro del PSOE también hay militantes y votantes católicos, seguro que muchos más que musulmanes. Y también a ellos les debe respeto.

Pero nadie debería rasgarse las vestiduras por lo que es una provocación premeditada, estúpida e innecesaria. Gobernantes ingleses y alemanes, de izquierdas y derechas, también han felicitado el inicio del Ramadán sin hacerlo por la Cuaresma. El Vaticano, el Dicasterio para el diálogo interreligioso, ha felicitado el Ramadán y ha llamado a musulmanes y cristianos a "desarmar el corazón y evitar la desesperación y la violencia por parte de los creyentes" para lograr la paz. Este año, por primera vez después de ciento sesenta y tres años, coinciden el inicio de la Cuaresma y del Ramadán. Una y otro son dos caminos de fe, al margen de quienes convierten la religión en fanatismo, y olvidar uno o demonizar el otro no conducen a ningún sitio, especialmente si uno se declara católico. Los católicos en este país somos diez, quince, veinte millones. Bastaría con que cada uno de nosotros recuerde la Cuaresma, la viva como quiere Cristo y la haga visible en su comportamiento, para que las "bolañeces" se quedarán en lo que son, nada. Juntos, si ejerciéramos de verdad la fe en la que creemos, seríamos imbatibles.

La Cuaresma es como dice el Evangelio de uno de estos domingos de Cuaresma, la invitación de Cristo no a "rasgarse las vestiduras, sino los corazones". Es un camino de conversión individual y colectiva. Es reconocer nuestros pecados, acabar con el odio, la ira, la envidia, la avaricia, la malicia que muchas veces anida en nuestros corazones. Es un ayuno no sólo físico sino total para descargarnos de todo lo que nos hace peores personas. Muchos católicos deberíamos ser interpelados por cómo viven el Ramadán muchos musulmanes y cómo vivimos nosotros la Cuaresma. Este tiempo de penitencia es un instrumento para acercarnos a Dios, para que Él sea el centro de nuestras vidas, para poder limpiar nuestro corazón, ser más cercanos a los que sufren, a los que carecen de lo imprescindible, a los más necesitados, a los que vienen a nuestra casa en busca de pan para comer, trabajo para sobrevivir y libertad para ser personas. El prójimo, ¿recuerdan?

El Papa León XIV nos ha invitado a aprovechar este tiempo de Cuaresma para dar espacio a la Palabra a través de la escucha, a escuchar también al otro y mantener despierta el hambre y la sed de justicia, a ser responsables con el prójimo. Y también nos ha propuesto un reto, la abstinencia no ya de carne sino de palabras que afectan y lastiman al prójimo. "Empecemos a desarmar el lenguaje, ha escrito, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos para aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de paz y de esperanza". Si somos católicos no hay que buscarse enemigos, "hay que despertar, como dice Josè Antonio Pagola, el hambre de justicia y de amor en el mundo deshumanizado de los satisfechos". El ejemplo es tan fuerte y poderoso como la palabra. En lo bueno y en lo malo.

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