Fernando Jáuregui.- Y después de tomar las uvas, ¿qué?

Actualizado 31/12/2015 12:00:41 CET

MADRID, 31 Dic. (OTR/PRESS) -

Los supersticiosos --y todos los somos, en alguna medida-- asocian la buena o mala suerte del año entrante a tomar las uvas con precisión mientras caen las doce campanadas, o a llevar una prenda de color rojo para ser afortunados en el amor o, incluso a que el año no sea bisiesto. Pues resulta que este 2016 que llega dentro de pocas horas sí es bisiesto. Y que ya no los astros o las conjunciones planetarias, ni tampoco los hados benéficos o maléficos, ni los echadores de cartas, sino el más mínimo sentido común, nos avisa de que este va a ser un año lleno de cambios, de desafíos y de riesgos. Sí: lo hemos hecho todo tan mal en 2015 que, forzosamente, alguna factura por ello habremos de pagar en 2016, supongo.

Porque llegamos con casi nada resuelto: ni atinamos a atisbar qué va a ocurrir con la gobernación del país ni con la catalana. Ni nos han ofrecido, quienes nos representan, aunque sea en funciones, receta alguna para que nos sintamos tranquilos, seguros de que, al final, las cosas serán como han de ser. Porque la verdad es que ni siquiera sabemos cómo han de ser. Vivimos como en libertad provisional.

Cada uno se hará sus propósitos (buenos) para el año que nos llega, pero yo, desde esta modesta columna, me atrevo a sugerir alguna recapacitación a esas gentes a las que hemos votado y que ahora, diciendo siempre actuar por nuestro bien y en nombre de la patria, interpretan a su libre albedrío, y a veces torticeramente, el mensaje que les han enviado las urnas. Quien crea que va a poder regirse de acuerdo con las pautas de antaño, por la vieja política, se equivoca de cabo a rabo. Y esto es válido para Mariano Rajoy, que no suelta un plan reformista, para consensuarlo con quienes él dice que quiere consensuar, así lo despellejen vivo. Como vale también para Pedro Sánchez, que, con su negativa a 'pactar con la derecha pase lo que pase', está cometiendo, me parece, un error suicida: no es con 'la derecha' con quien ha de pactar, sino con la nación, con España, que somos el conjunto de los españoles, a los que ya los conceptos 'izquierda' y 'derecha' importan poco. Como empieza, sospecho, a importarles poco que sea Rajoy, Sánchez o Rivera (o un independiente, como quería Podemos) quien ocupe La Moncloa: lo que a todos importa es no seguir en esta suerte de agobio ante un 2016 que entra con cara poco amable.

Por decir, desde hace años, que una gran coalición o pacto operativo similar sería la solución a muchos de nuestros problemas --desde luego, la locura de la política en Cataluña no habría ocurrido si un pacto entre las fuerzas políticas se hubiera sellado, a la manera de Aznar en 1996, ya en el segundo mandato de Zapatero-- me han llamado de todo: desde izquierdista (por el PP) hasta, ahora, aliado con la derecha para perpetuar a Rajoy (por el PSOE), pasando, claro, por utópico. "No somos alemanes", me dicen por todo argumento quienes, aceptando que ese gran pacto sería la solución, dicen verlo imposible. Claro que no somos alemanes: ¿y?

Ahora, con ocho años de retraso, todos hablan, sin hablar de ello expresamente, claro (porque en España la política consiste siempre en las medias palabras, en esconder bajo un celemín la luz de la claridad), de la gran coalición. O, incluso, como lo han sugerido dos de los personajes políticos en escena, Rajoy y Albert Rivera, de un pacto reformista a tres, PP, PSOE y Ciudadanos, al que, ocasional y puntualmente, pudieran unirse otras fuerzas, comenzando por Podemos. Ignoro lo que el líder de la formación morada tiene en la cabeza, la verdad: sospecho que no tiene la menor intención de pactar con Sánchez y los socialistas, porque, en sus cálculos, el desgaste del PSOE en un pacto con los 'populares' y Ciudadanos sería inmenso. También lo sería, y ahí el dilema de Sánchez, haciendo una coalición con Podemos, con Esquerra, con algunos nacionalistas, que sería la única manera de lograr la mayoría absoluta para investir al líder del PSOE. Y no digamos ya si, como se teme el presidente de la Comunidad valenciana, estamos irremediablemente abocados a unas nuevas elecciones en primavera: no hay que ser un gran sociólogo para darse cuenta de que, si este fuera el caso, el batacazo del PSOE sería aún mayor que el cosechado el pasado día 20. Allá Sánchez con lo que decida. Allá él... y todos nosotros, desde luego.

El llamamiento en pro de los buenos propósitos tiene que dirigirse también a los emergentes: basta de bandazos, de cálculos partidistas. A Rivera, como a Rajoy y, hasta cierto punto, a Iglesias, hay que elogiarles que, al menos, han sabido virar algo --cada uno en un grado diferente-- sobre sus postulados iniciales, quizá porque han interpretado así el mandato de los electores. Pedro Sánchez, que es una figura política atractiva, no lo ha hecho, y los dirigentes de su partido tampoco le han facilitado mucho las cosas: así, van, en mi modesta opinión, de error en error, hacia la derrota final. Y conste que no lo digo yo: los medios de prensa, las cancillerías, las instituciones, el poder empresarial y hasta, creo, el sindical, son unánimes: Sánchez tiene que rectificar y, salvándose él, salvar a su partido. Y, lo que es más importante, salvar la situación. Ya le llegará el momento de sentarse en el sillón de La Moncloa. O no, y entonces el suyo habrá sido un gesto generoso, de estadista.

Yo no quiero, me parece que la mayoría no lo quiere, que 2016 sea un año electoral como 2015, aunque puede que una repetición de las elecciones catalanas aclarase algunas cosas: los electores no se equivocan, aunque ahora muchos digan que sí. Son quienes interpretan a su aire el voto de los electores quienes se equivocan. Y, desde luego, no quiero unas elecciones con la misma, desfasada, injusta, normativa electoral que ha regido hasta ahora, y cuyos resultados estamos viendo. No pido mucho para el año nuevo, cuando ya nos hayamos tomado las uvas y nos lancemos a ver esos programas-espectáculo de Nochevieja en la televisión, ahora tan frecuentados por nuestros políticos: me atrevo a soñar con un pacto amplio, que nos dé una nueva legislación electoral, reformas constitucionales, una mayor equidad económica y un plan de acción generoso para Cataluña, que cada día que pasa es un problema que se agranda. En suma, soy modesto: solo quiero que este año nos cambien un poco este mundo bastante lamentable que nos han construido con tanto celo y tesón como egoísmo y falta de imaginación. Y ahora, hala, a tomar las uvas.

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