Actualizado 05/07/2010 12:00:42 +00:00 CET

Fernando Jáuregui.- La semana política que empieza.- De manifestaciones que de nada sirven

MADRID, 5 Jul. (OTR/PRESS) -

Vivimos tiempos de esfuerzos efímeros. Jamás he sido demasiado partidario de las manifestaciones, de las concentraciones, de los tumultos. Soy buen aficionado al fútbol, pero me dejaría morir antes que participar en esas multitudinarias algaradas que sirven para desbocar pasiones, todos juntos, miles, ante una gran pantalla en las calles. Espero que nadie me llame cínico si digo que creo que la pertenencia, sin resquicios y con entusiasmo desbordado, a un partido político, a una Iglesia o hasta a un club de fútbol, es a veces una manera en la que el individuo ensaya evitar la soledad.

Y ahora, quizá por aquello de la evolución del concepto de masas de la que habla un filósofo de moda, Peter Sloterdijk, las manifestaciones se diversifican en intensidades y en motivaciones: bien pueden ser contra una nueva ley del aborto o para mostrar el orgullo de ser gay o para lucir una camiseta roja y pinturas guerreras en el rostro. O para condenar una sentencia sobre un Estatuto de autonomía, o quizá para enseñar al resto de los españoles que los catalanes se unen como una piña en torno a una protesta de perfiles algo difusos, quién sabe.

Claro, no soy catalán y aquellos que se empeñan en ver los colores apenas del terruño, despreciando lo que piensen los de más allá, seguramente me reprocharán que me meta en lo que ellos piensan que no me importa. Y sí, si me importa. Cataluña es una parte sustancial de España, con sus peculiaridades que hay que contemplar, y creo que es un laboratorio político desde el que se han producido grandes aciertos desde el 'seny' y la templanza, y también algunas catástrofes, desde el trapicheo y la falta de convicciones firmes... Que vayan, claro está, más allá de eso que alguien llamó 'la catalanidad'.

Es decir, se es catalán antes que nacionalista o socialista, casi antes que hombre o mujer. Y en virtud de ello, un president de la Generalitat, que necesita títulos de catalanidad casi tanto como votos para ganar las elecciones de este otoño aliándose hasta con el diablo si preciso fuera, convoca una manifestación patriótica de repulsa a la tardía, ambigua, pastelera, sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Como si la sentencia, de la que todos hablamos aunque ninguno la conozcamos en profundidad, fuese a cambiar algo. Como si la manifestación del próximo sábado, que es una llamada sin sentido a todo 'buen catalán', fuese a cambiar algo. Es más: sospecho que ambas cosas, la sentencia y la manifa, se hacen para que, sustancialmente, todo siga igual. Incluido el inquilino del despacho del molt honorable president de la Generalitat catalana, José Montilla.

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