Actualizado 20/12/2010 13:00 CET

José Cavero.- Matanzas entre humanos.

MADRID, 20 Dic. (OTR/PRESS) -

Este año 2010, ya a punto de concluir, da por derrotados a los españoles en la batalla de la violencia doméstica, en su capítulo referido a las agresiones de hombres y mujeres, que suelen tener como perdedoras a estas últimas. El número de mujeres asesinadas por sus maridos, exmaridos o amantes y examantes es ciertamente escalofriante. ¿No hay nada que hacer? Nunca se sabe si se avanza en esta batalla o si, imperceptiblemente, la misión de avanzar en esos terrenos es más callada y silenciosa, y no llega a los titulares y crónicas periodísticas.

El asesinato de mujeres por hombres nos ha ido acompañando semana tras semana, en este año que acaba, y termina con cifras escalofriantes. Apenas queda el relativo consuelo de que sin esa concienciación progresiva, las víctimas hubieran sido más, acaso muchas más... Hemos rebasado ya la espantosa cifra de setenta víctimas mortales. Setenta. Qué horror. Sin esa sensibilidad social, sin esas alarmas permanentes de los medios, ¿cuántas hubieran podido llegar a ser las víctimas' ¿Hasta dónde se puede llegar en esa escalada pavorosa?

Y sin embargo, todavía podríamos acompañar a esa cifra terrible otra no menos escalofriante: Los veinte niños que han muerto a manos de sus padres en 2010, la suma más alta de la década. El último, de cuatro años, falleció el viernes en Dénia (Alicante), presuntamente atacado por su progenitor en vísperas de que -iniciado el proceso de divorcio- se fuera a vivir con su madre a Barcelona. Esta estadística es, si cabe, menos entendible que la de hombres-mujeres. ¿Quién es capaz de matar a un niño, menos aún, a su propio hijo? Dicen las estadísticas que la autoría de los infanticidios durante 2010 es de madres que han matado a su bebé recién nacido, mujeres que se han suicidado junto a los hijos y padres, o madres que han asesinado a los niños en lo que se presumen procesos de venganza por estar inmersos, ambos progenitores, en causas de divorcio y litigar por la custodia.

En algunos casos, los parricidas tenían antecedentes por violencia de género. O sea, que todo arranca en el mismo fenómeno de combate hombre-mujer, de falta de entendimiento entre los géneros. Mujeres muertas a manos e sus maridos, niños muertos a manos de sus padres. ¿Estamos todos locos, no hay remedio para desmanes de esta naturaleza? Por lo menos, sería un atenuante y un buen signo que la cifra fuera decreciente, pero no lo es. La pretendida humanidad de nuestro tiempo va a menos, y se deshumaniza sin remedio con datos como éstos. Mujeres asesinadas por sus pretendidos amantes. Niños muertos a manos de sus queridísimos padres. ¿Cómo entender, y cómo luchar, contra desvaríos de tal dimensión?