Publicado 03/04/2026 08:00

Julia Navarro.- "Mi" Semana Santa

MADRID 3 Abr. (OTR/PRESS) -

Hay momentos en que el paso del tiempo me hace recordar de donde vengo. La Semana Santa es uno de esos momentos.

Confieso que cuando era niña la Semana Santa me resultaba aburrida. Te daban las vacaciones en el colegio pero "todo" estaba cerrado, cines, teatros, no se podía escuchar música, y los programas de la tele eran aburridísimos. Eso sí, a mi me encantaban las películas de "romanos" y ver Quo Vadis, o Los Diez Mandamientos, era lo máximo a lo que podía aspirar.

De todos los días el que más me gustaba era el Domingo de Ramos. Le pedía a mi madre que me comprara una "palma" grande pero me tenía que conformar con una palma pequeña trenzada. Y ese ese día siempre estrenaba un vestido y unos zapatos nuevos. Recuerdo un refrán popular: "Domingo de ramos el que no estrena, se le caen las manos". Así que ese domingo estrenábamos primavera y vestimenta.

Recuerdo que en las casas se hacía ayuno el viernes santo, pero es que en esa época los mandatos religiosos se llevaban a la práctica con rigor . Bien es verdad que mi abuela decía que los niños, por eso, por ser niños, no teníamos que hacer ayuno. De manera que durante la semana comíamos el consabido potaje de garbanzos con bacalao, bacalao con tomate,,bacalao al ajo arriero.... ¡Ah y las torrijas!, que ni me gustaban entonces ni me gustan ahora, ni siquiera las que hacían mi abuela o mi madre y mis tías. En cuanto al potaje de garbanzos con espinacas y bacalao confieso que me terminó gustando. Desde luego la carne desaparecía de la mesa durante toda la semana.

Recuerdo que el Jueves Santo solía acompañar a mi madre a visitar siete iglesias, y eso al menos me resultaba entretenido por más que entonces las figuras y tallas religiosas estaban tapadas con paños morados, o sea no se veía nada.

Las procesiones eran el único entretenimiento al alcance de la gente, y en Madrid íbamos a ver la de los Gitanos y la de Medinaceli.

Recuerdo el "temor" que me inspiraban los penitentes resguardados con largas túnicas y capirotes. Una Semana Santa en la que mi madre y mis tías nos llevaron a los niños a la procesión del Silencio, un penitente que iba en fila con otros penitentes de repente se paró a nuestro lado y yo pegué un grito de terror. Aún así me gustaba y me sigue gustando ir a las procesiones.

Confesaré que me aburría aunque eran días de vacaciones. Que todo estuviera cerrado le daba a la ciudad un halo fantasmagórico.

El único consuelo es que solía haber días soleados y eso suponía dar largos paseos.

Era una semana solemne, donde se "vivía" la religión, creo que en buena medida por imposición, pero es que entonces era determinante la presencia y el peso de la Iglesia en la vida cotidiana.

Hoy la Semana Santa es una simple semana de vacaciones. La gente si puede se va a la playa, a su pueblo, o al fin del mundo, y en las calles no hay nada que indique que es una fecha especial. Si, las procesiones continúan haciendo acto de presencia, pero las discotecas, bares, cines, teatros, etc, les hacen la competencia.

Y eso me lleva a sentir añoranza por aquel tiempo donde imperaba el silencio, un tiempo de reflexión, de introspección.

Pero eso tardé años en apreciarlo y hoy si echo la vista atrás no diré que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero si recuerdo aquellas Semanas Santas con nostalgia y con cariño.

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