MADRID 16 Ene. (OTR/PRESS) -
Se exhuman imágenes de Julio Iglesias abrazando, sobando y besando en la boca a mujeres contra su voluntad, y no parece sino que hasta ahora eso se ha venido considerando como la cosa más normal del mundo. Es más, hay quienes que, como Isabel Díaz Ayuso, parecen seguir considerándolo, a tenor de lo contenido en su infame tuit sobre la denuncia por abusos que dos antiguas empleadas del cantante han interpuesto contra él. Pero por no ser normal precisamente la conducta que revelan esas imágenes públicas, permite aventurar, a resguardo de lo que resuelva en su día la Justicia, un comportamiento peor si cabe en lo privado.
Así como las brutalidades de Jesús Gil hacían mucha gracia en algunos sectores, incluso en sectores de la prensa, las de Julio Iglesias, siempre relacionadas no tanto con el sexo como con el consumo compulsivo de mujeres reducidas a la condición de cosa o contempladas sólo como lúbricos objetos de deseo, hacían muchísima también. Hoy, ante la extrema crudeza de lo relatado por las denunciantes, víctimas según su confesión de toda clase de abusos contra su libertad sexual y contra su dignidad personal y laboral, podría esperarse que esa gracia decayera, que aquellas risas se congelaran en la boca de cuantos la celebraban en pura sintonía con el machismo más bestial, pero ni decae ni se congela en esos sectores que no sólo se resisten a nuevos tiempos mejores, sino que anhelan lo peor de los viejos.
Las hazañas genitales del multimillonario cantante melódico, esas 3.000 mujeres con las que alardeaba haber fornicado, no escondían, sino que revelaban, el uso de su poder. Éste, el poder, seduce, o intimida, o abusa, pero si lo relatado por las denunciantes se ajusta a la verdad, y no hay razones de peso para dudar de ello, no fue la seducción del poder lo que las condujo a la mansión de los horrores, sino la necesidad de un puesto de trabajo honrado. Hallaron, dicen, otra cosa, y en su relato aparecen, más allá de las aberrantes prácticas que describe, todas las formas del abuso de poder, es decir, del poder. Así y todo, hay quienes no encuentran ninguna relación entre los desmanes públicos del cantante y los denunciados como cometidos presuntamente, pero tan sórdidamente, en la intimidad.