Blancanieves censurada

Actualizado 14/04/2010 13:24:30 CET
Actualizado 14/04/2010 13:24:30 CET

Blancanieves censurada

Ha hecho falta que Zapatero creara un Ministerio de la Igualdad y que Bibiana Aido se pusiera al frente del mismo para que nuestros próceres descubrieran que los cuentos con los que nos hemos dormido muchas generaciones de este país eran sexistas. ¡Vaya perspicacia!

Son sexistas como lo es la sociedad actual. Lo lamentable es que las historias, o el trasfondo que narran Blancanieves, la Cenicienta, Caperucita Roja y tantos cuentos de Hadas, sigan teniendo vigencia en el siglo XXI.

Pero ahora la ministra de Igualdad ha dado con la clave para arreglar el problema: hacer una campaña institucional contra este tipo de lecturas, arrinconar la literatura clásica para fomentar cuentos modernos donde las niñas tengan un papel relevante. Menos mal que, de momento, lo políticamente correcto no les ha llevado a aconsejar la quema de los ejemplares de estas inocentes historias infantiles.

Porque, según bastantes expertos en pedagogía infantil, los cuentos tradicionales como Cenicienta o Cabeza de Asno o los recopilados por Perrault, además de su componente sexista, que lo tienen, introducen al niño en un mundo mágico, estimulan su fantasía y le aportan valores como la bondad y la generosidad.

Algo tendrán estos cuentos, que viene de la tradición oral y cuya vida se remonta a muyos siglos atrás, formando parte de nuestro mas importante patrimonio cultural, como para que, todavía hoy, sigan siendo los más vendidos.

Antes de censurar unos cuentos ¿no se le ha pasado por la cabeza a la ministra Aido el proponer a los docentes una lectura pedagógica y moderna de los mismos, explicando los roles de princesas y príncipes, Blancanieves y enanitos, a día de hoy?

El problema más grave de los niños de 2010 no es el sueño envenenado de Blancanieves y su salvación por un beso principesco, sino la dificultad para aficionarlos a la lectura y su adicción al mundo de las maquinitas, donde los juegos son violentos además de escandalosamente sexistas.

Lo grave, lo realmente grave, es el espectáculo de utilización de la mujer como un objeto de consumo que la publicidad comercial hace en los anuncios de televisión, aparato al que los niños permanecen enganchados demasiadas horas al día.

Lamentablemente Caperucita, que era una fábula donde se advertía a las niñas para que desconfiaran de los hombres desconocidos que se les aproximaban, les acompaña muy pocos años en su vida. Los videojuegos y la televisión les conducen por todo el camino de la adolescencia. Frente a ese riesgo el Ministerio de Igualdad no parece tan preocupado.

Victoria Lafora

 

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