Archivo - Ana Juviño Prego, técnica de la Dirección de Formación y Empleo, Operaciones y Estudios de Fundación ONCE. - FUNDACIÓN ONCE - Archivo
Existe una marcada tendencia en el análisis contemporáneo a evaluar la innovación de forma casi exclusiva desde una perspectiva técnica y cuantitativa: medimos la velocidad con la que se desarrollan nuevas herramientas, la sofisticación de los algoritmos de inteligencia artificial o la escala de alcance de los modelos de negocio. Sin embargo, en esta carrera por la eficiencia tecnológica, a menudo pasamos por alto un aspecto fundamental: la innovación más valiosa y duradera no nace de la complejidad técnica de la solución, sino que se genera a partir de la sensibilidad y la empatía de la mirada que detecta el problema.
En las aulas de Educación Secundaria, Bachillerato, Formación Profesional y en las entidades juveniles de nuestro país germina a diario un tipo de creatividad diferente. Una creatividad empática, pegada al terreno y consciente de las realidades que la rodean. Nos encontramos ante una generación de jóvenes que no concibe el desarrollo social como una carrera individual ni el progreso como una meta reservada a unos pocos. Para las personas jóvenes que observan hoy su entorno, una solución que no es accesible carece de valor real; un avance que deja a alguien en el camino deja de ser un logro para convertirse en una nueva brecha de desigualdad.
A menudo se repite en foros e instituciones que la inclusión es un objetivo deseable, una meta a la que la sociedad debe aspirar a largo plazo. Sin embargo, cuando observamos de cerca el modo en que los jóvenes abordan las necesidades de sus municipios, barrios o centros educativos, descubrimos algo mucho más revelador: para ellos, la inclusión no es un destino al que llegar tras un largo proceso de adaptación, sino el punto de partida indispensable para concebir cualquier iniciativa.
El trabajo colaborativo en equipos heterogéneos -donde conviven personas con y sin discapacidad- no responde en sus dinámicas a una norma impuesta desde fuera ni a una cuota formal de representatividad. Forma parte de una manera natural de entender el trabajo en equipo, la convivencia y el aprendizaje mutuo. De esa mezcla plural de vivencias, ritmos y capacidades surgen preguntas más profundas, enfoques menos condicionados por los prejuicios adultos y una metodología de trabajo fundamentada en la cooperación real antes que en la competitividad.
Cuando a esta sensibilidad juvenil se le dota de una estructura metodológica adecuada y del respaldo institucional necesario, la teoría cede el paso a proyectos con un impacto tangible. Lo comprobamos cuando observamos soluciones diseñadas por y para la comunidad: aplicaciones móviles impulsadas por inteligencia artificial que devuelven la capacidad de comunicarse a personas con afasia o dificultades del habla; rediseños de espacios urbanos y jardines en viviendas tuteladas para convertirlos en entornos verdes accesibles donde interactúan jóvenes y personas mayores; o sistemas orientados a eliminar las barreras de movilidad en instalaciones deportivas y piscinas públicas. Ninguna de estas ideas surge como una abstracción teórica sobre grandes problemas globales, sino como una respuesta directa, humana y cercana a necesidades reales identificadas en el entorno inmediato.
Este enfoque exige también un cambio significativo en el rol de quienes acompañamos estos procesos. El profesorado, los tutores y los profesionales del ámbito empresarial que colaboran en estas iniciativas descubren que educar en la innovación social no consiste en trasladar contenidos ni en imponer itinerarios prefijados. Guiar no es dirigir; orientar no es supervisar de forma rígida. La labor de los mentores pasa por aprender a sostener el espacio necesario para que la intuición de un grupo de estudiantes adquiera forma, facilitando las herramientas adecuadas y permitiendo que sea la propia juventud la que tome las decisiones, asuma la responsabilidad de sus proyectos y descubra el valor del aprendizaje derivado del ensayo y el error.
En este contexto cobran sentido iniciativas como X Talento Challenge. Más que una competición al uso, este programa busca ser una incubadora de ciudadanía activa. Un marco fértil que conecta el ámbito educativo con el tejido asociativo y el sector empresarial, ofreciendo a los equipos participantes la oportunidad de formarse en competencias clave para el siglo XXI: pensamiento crítico, liderazgo compartido, resolución de problemas complejos y comunicación eficaz.
Vivimos en un momento en que se recurre con demasiada frecuencia a tópicos desfavorables para describir a la juventud, tildándola de apática, individualista o desconectada de la realidad social. Bastaría con asomarse al trabajo diario de estos equipos para comprobar hasta qué punto esas etiquetas distorsionan la realidad. Lo que encontramos en las aulas es un nivel de compromiso, madurez y capacidad de trabajo que interpela de manera directa al mundo adulto. La juventud no está esperando a que el futuro les pertenezca; está interviniendo de manera activa.
Si aspiramos a consolidar una sociedad efectivamente justa, inclusiva y sostenible, debemos empezar por validar y respaldar el potencial transformador que ya está operando en nuestras aulas y comunidades. Apostar por el talento joven, la innovación social y la accesibilidad universal no es un ejercicio de paternalismo ni una promesa a futuro: es una inversión estratégica e inaplazable en la calidad democrática y humana de nuestro presente. Porque cuando confiamos de verdad en la capacidad de los jóvenes para actuar como agentes de cambio, la inclusión deja de ser simple palabrería para convertirse en una práctica que verdaderamente nos beneficia a todos.
Ana Juviño es jefa del departamento de Formación y Empleo de Fundación ONCE.