En los últimos veinte años, España se ha convertido en la principal puerta de entrada para la inmigración y también en el principal escenario de naufragios y tragedias. El primer naufragio que acaparó titulares, el que marcaría un antes y un después en la atención informativa hacia la inmigración irregular, se produjo el 1 de noviembre de 1988 en la playa de Los Lances, en la costa de Tarifa. En él perdieron la vida 18 marroquíes, cuando la barca en la que viajaban se hundió a menos de cien metros de la orilla. Desde entonces, la inmigración se ha convertido en una realidad de gran impacto en todos los ámbitos de la sociedad actual.
En España, un buen número de profesionales de la información desarrollan su trabajo en contacto directo con el fenómeno migratorio. El periodista se ha convertido en un actor principal de la construcción del discurso informativo relacionado con la inmigración. Su responsabilidad social en la comunicación de estas noticias, el lenguaje que utiliza, la presentación de la noticia y los detalles que incluya u omita, pueden condicionar, de una u otra forma, la percepción que el ciudadano tenga sobre el fenómeno migratorio.
La toma de conciencia de la labor del periodista es fundamental para orientar la imagen que tenemos en nuestra sociedad de las personas inmigradas. Y, en este nuevo escenario, el periodista debe hacer frente a la visión tópica y la inclinación a la superficialidad, huyendo de la construcción de imágenes estereotipadas y de la utilización de argumentos que vinculen la inmigración con un discurso fundamentalmente problemático. La falta de conciencia por parte del periodista del peso de la acción de su trabajo en la configuración del conocimiento que el receptor tiene sobre la inmigración, así como la inmediatez y la inercia de la agenda del medio, le lleva, sin pretenderlo, a la adopción mecánica de hábitos que pueden llegar a suscitar el rechazo social, el racismo y la xenofobia hacia estos colectivos de inmigrantes.
En la actualidad, es indiscutible el papel central que ocupan los medios de comunicación en la estructura social y política de la sociedad del siglo XXI. Los medios tienen una poderosa y eficiente capacidad de definir y dar sentido a los hechos sociales. De ahí que resulte muy interesante comprobar el modo en que socialmente definimos y percibimos la realidad social, por la intervención del periodista, y las consecuencias de ello, para comprender la imagen que se construye del inmigrante y de la inmigración. Estamos más informados que nunca, pero a la par, casi en la misma proporción, ha disminuido nuestro conocimiento directo sobre la realidad. Es decir, que la opinión del ciudadano de la calle sobre la inmigración depende en un porcentaje muy alto de la información que los medios de comunicación le suministre.
En virtud de esa información que ofrecen los medios, los ciudadanos van formando sus opiniones, pensamientos e ideas. Por ello, es fundamental que los profesionales del periodismo tengan presente que el desarrollo de su trabajo está influyendo decididamente en la comprensión que la gente tiene de la realidad de su entorno. Tampoco deben olvidar que cuando informan expresan lo que piensan y manifiestan lo que, de alguna manera, son por dentro, porque la expresión comunicacional suele ser un fiel reflejo del pensamiento. El periodista no es un mero canal de transmisión. Es otro elemento más de la noticia. Ello obliga a estar atentos sobre cómo comunican la información al receptor, sin olvidar la responsabilidad social de esta acción. Como consecuencia del trabajo del periodista, el público es consciente o ignora, presta atención o descuida elementos específicos de la realidad cotidiana. Las decisiones en la selección de las noticias y del tratamiento que vayan a darles tendrán como resultado que los receptores incluirán o excluirán de sus propios conocimientos aquellas informaciones que los periodistas incluyan o excluyan de los contenidos.
El texto periodístico no es ajeno a la influencia de actitudes, creencias, prejuicios, estereotipos, opiniones e ideologías de quien lo escribe, por más que se pretenda presentar la información en la forma más objetiva posible. No podemos ignorar que el periodista forma parte de su sociedad y está inmerso en los valores y las normas propias de la misma. Muchas veces, sin ser conscientes, dejamos que el lenguaje periodístico se impregne de conceptos ya instalados en el imaginario colectivo y lo único que hacemos es ayudar a asentarlos y difundirlos. El medio y el lenguaje utilizado harán muy difícil separar de los conceptos inmigración e inmigrantes palabras negativas que lleven a considerar la inmigración como un fenómeno inconveniente para el conjunto de la población. En este sentido, sería conveniente que los comunicadores evitaran el uso de un lenguaje discriminador o que incorpore prejuicios genéricos en el tratamiento de la inmigración.