MADRID 1 Jun. (OTR/PRESS) -
Rubalcaba es mejor táctico que estratega. En todas sus apuestas políticas personales -a favor de Almunia contra Pepe Borrell, partidario de Bono contra Rodríguez Zapatero, "grupi" de Trinidad Jiménez frente a Tomás Gómez- falló la visión estratégica. Eso sí, el fallo fue velozmente corregido por su maestría en el manejo de la distancia corta. Tal vez sea una herencia de sus tiempos de "esprinter" o tal vez sea la habilidad de quien siempre acude en socorro del vencedor, por decirlo con las palabras con las que el inolvidable Indro Montanelli retrataba al Ejército italiano. Hablo de astigmatismo estratégico a la hora de apostar y de vista de lince para rectificar así que se conocen los resultados de la jugada.
Cambia con facilidad de bando, pero lo hace con desparpajo y cae simpático. Buena prueba es que pese a que, como decía, había apostado por Pepe Bono en la pugna con Rodríguez Zapatero por la secretaría general del PSOE, tras la victoria de ZP, en horas veinticuatro, Rubalcaba pasó a ser hombre de confianza del nuevo líder del partido.
Recuerdo perfectamente que por aquellos días -hablo de hace 11 años- semejante aproximación provocó no pocos recelos en el clan de los renovadores de la hoy olvidada "Nueva Vía". Me refiero a los José Blanco, Jesús Caldera, Jordi Sevilla, Juan Fernando López Aguilar, etc -quienes junto con la siempre entusiasta Trinidad Jiménez- habían apostado por aquél hasta entonces desconocido diputado leonés. Por cierto, que una de las claves de la maniobra que ha desembocado en la entronización de Rubalcaba como nuevo hombre fuerte del partido reside en su alianza política con José Blanco. Alianza que viene de atrás. Superados aquellos recelos iniciales, coincidieron ambos en que de puertas para adentro el rival a neutralizar era Carme Chacón, la dirigente política catalana a quien Zapatero (animado por su entorno mediático) parecía dispuesto a encumbrar. Blanco ha sido el director de la campaña electoral que se ha saldado con la mayor derrota sufrida por el partido en treinta años. De celebrarse un congreso o unas primarias, se habría terminado su carrera política. Aliándose con Rubalcaba, los dos pasan de puntillas sobre el resultado y le endosan la debacle en exclusiva a Zapatero. Uno y otro, Rubalcaba y Blanco, han demostrado un notable instinto de poder y una gran capacidad de adaptación política. En el último envite quien corre más riesgos es Rubalcaba, no sólo porque las encuestas avizoran una victoria del PP en las próximas elecciones sino porque por primera vez en su dilatada vida de político ha decidido dejar el papel de Fouché (virtuoso en el manejo del poder en la sombra) para actuar en el centro del escenario a la vista de todos, con los focos encendidos y con los jóvenes líderes del PSOE que aspiran a heredar trabajando en la sombra para hacerse con el poder en el partido.
Aunque en política nada es imposible -Fouché llegó a ser duque de Otranto-, tal y como pintan las cosas, me cuesta creer que, algún día, nuestro personaje llegue a ser marqués de Solares.