Publicado 09/11/2025 08:00

Fernando Jáuregui.- Voz de alarma por nuestros hijos y nietos, nuestros 'zetas'

MADRID 9 Nov. (OTR/PRESS) -

Cuando yo nací, en el ya lejano 1950, Ray Bradbury publicó, con enorme éxito, sus 'Crónicas Marcianas', una distopía sobre la colonización de Marte. Un año después, Isaac Asimov sacaba a la luz 'Fundación', y 'yo, robot' poniendo en marcha su ficticio imperio galáctico. Al mismo tiempo, el matemático británico Alan Turing lanzaba su 'test' tratando de evaluar si una máquina podía exhibir un comportamiento inteligente indistinguible del de un ser humano. Ahora, tres cuartos de siglo después, estamos a punto de ver cómo se hacen realidad aquellos sueños que parecían imposibles: van a ser nuestros hijos y nietos, a los que tan poco estamos instruyendo al respecto, los encargados de manejar las grandes quimeras que ahora se convierten en algo tangible.

Escribo esto a la luz del reciente fallecimiento, con 97 años, de James Watson, que fue uno de los descubridores de la estructura del ADN en la también temprana fecha de 1953. Y también como homenaje a Martin Cooper, el inventor del teléfono móvil en 1973, hoy con 96 años, que nos pronosticó un día lo inevitable de que nuestro actual 'smartphone' quede implantado en tiempo no lejano en nuestro cuerpo. Son muchos los retos de sustancial avance que tenemos ante nosotros o, mejor, que tienen nuestros hijos y nietos, los 'zetas'.

2026 va a ser el año en el que entre en nuestras vidas de manera fulminante, tras la Inteligencia Artificial, la computación cuántica, que no solo va a cambiar nuestra percepción de los datos, sino probablemente hasta nuestra manera de pensar: no sé si Touring pudo llegar a concebir la potencia inmensa de lo que ya ha irrumpido, ni si Watson sospechó las posibilidades de una biogenética que puede crear, es de temer, razas superiores, ni si Bradbury pudo sospechar que, como me dicen eminentes científicos, a mediados del siglo XXI un cohete tripulado por humanos partirá de la estación espacial de la luna hacia el planeta rojo.

Pero todo esto va a ocurrir. Es lo que se va a encontrar la 'generación de Leonor I' cuando, dentro de no tantos años, acceda al manejo de la nave del Estado y de un mundo que nada tendrá que ver con este que conocemos, pero sí mucho con el que ya intuimos, o sea, con el que, curioso, intuyeron a mediados del siglo XX los Touring, Bradbury y compañía. MI reflexión nace de la constatación de que acaso nos estemos empeñando en preparar (algo, ni siquiera del todo) tecnológicamente a nuestros hijos y nietos para el brutal choque que en este aspecto van a experimentar; pero, en cambio, no los estamos preparando para la reflexión acerca de cuánto van a modificar el Cambio y los cambios sus propias estructuras mentales, sus anhelos, su concepto de la felicidad, del amor, de la equidad, de la pervivencia. Su vida, en suma.

La experta Sonia Díez, en 'El fin de la educación, tal y como la conocemos', un 'manifiesto por la educación (sic)' ya nos plantea, y es de alguna manera pionera en ello junto a precursores como José Antonio Marina, que se acaba, aunque no seamos del todo conscientes de ello, una era en la enseñanza, en el aprendizaje, en la pedagogía. Las fórmulas al uso ya no valen. El desafío educativo para nuestros hijos y nietos es holístico, total, no solamente cuestión de cambiar unas asignaturas por otras.

Mi preocupación, creciente, es que me parece que, con nuestras absurdas disquisiciones políticas, con la guerra por el podio en la que se han embarcado quienes se erigen en nuestros representantes, limitando el horizonte del porvenir a lo que ocurra o no en 2027, estamos abriendo un pobre abanico ante los ojos de nuestros 'zetas'. Una humanidad que ni siquiera se plantea su acción a largo plazo está condenada a algún tipo de extinción. Ellos, nuestros 'zetas', necesitan tiempos mucho más ambiciosos, temáticas y planteamientos mucho más ricos que la mera lucha por llegar a los palacios presidenciales y a todo ese 'fake' mundillo colorido alcanzable con el poder. Menudo ejemplo les estamos dando. No sé, queridos Touring y compañía, si aún estamos a tiempo de corregir el tiro, nunca peor dicho.

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