MADRID 12 Nov. (OTR/PRESS) -
Llevamos unas semanas, es decir meses, donde casi un día sí y otro también no hay más que noticias, declaraciones, rifi-rafes, en relación a la banda terrorista ETA, a su posible final, a su deseo de estar en las próximas elecciones municipales. Y esto no es nada bueno para el objetivo final de la lucha antiterrorista que no debe ser otro que la derrota total y absoluta de ETA mediante la aplicación del Estado de Derecho. Este camino de la derrota no solamente es una exigencia democrática, sino que también es el único posible para unas instituciones y para una sociedad que quiera respetar la memoria y la dignidad de las víctimas del terrorismo.
Por eso, se entiende mal el follón que el ex presidente del Gobierno Felipe González ha armado con su confesión de hace unos días de que a finales de la década de los años 80 tuvo que decidir si daba la orden para volar a la cúpula de ETA de aquel entonces que iba a celebrar una reunión en un chalet del sur de Francia. González, según su relato, al final decidió que no y todavía hoy reconoce que no sabe si hizo lo correcto. Esta confesión de parte del que fuera presidente del Gobierno durante catorce años (1982-1996) ha vuelto a reabrir el debate sobre su responsabilidad en la llamada "guerra sucia" contra ETA protagonizada por los GAL y que costó la vida a veintisiete personas, algunos miembros de la banda terrorista, otros simplemente simpatizantes e incluso personas que no tenían nada que ver con ese sórdido mundo.
No se acaba de entender muy bien el propósito último de esta revelación de Felipe González, que nos retrotrae a unos hechos que nunca debieron suceder, no solamente por razones éticas y morales -el fin nunca justifica los medios- sino porque tampoco se demostraron eficaces para el supuesto fin que perseguían y pusieron de manifiesto que en la lucha antiterrorista no hay atajos al margen de la ley.
El problema es que la incomodidad política creada al Gobierno de Zapatero y al propio PSOE por estas declaraciones de Felipe González alcanza también al que ahora ejerce de hecho como presidente "in rectore" del ejecutivo, que no es otro que Alfredo Pérez Rubalcaba. Porque conviene recordar que el ahora Vicepresidente Primero del Gobierno y Ministro del Interior era en aquel entonces Ministro portavoz del Gobierno presidido por González. Y en esa condición tuvo que salir en diversas ocasiones en defensa de personas de su partido que acabaron condenadas por la Justicia y en la cárcel, léase el ex ministro del Interior, José Barrionuevo, o el ex secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera. Por lo tanto, sería muy conveniente que alguien en el Gobierno -y parece claro que ahí empiezan los problemas para Rubalcaba- cogiera el timón del barco y pusiera un poco de orden en tanto despropósito que no beneficia en nada a lo que tiene que ser la lucha decidida por acabar con ETA.