Actualizado 04/06/2010 14:00

Cayetano González.- Un panorama desalentador.

MADRID 4 Jun. (OTR/PRESS) -

Una de las cosas que mas desesperanza producen en la actual situación política de nuestro País es la imposibilidad, casi metafísica, que tienen los agentes políticos y sociales de ponerse de acuerdo sobre algo. El Gobierno del PSOE no quiere buscar ningún pacto de esos que vienen en denominarse 'de Estado' con el principal partido de la oposición. Tampoco el PP da facilidades para ello, convencido de que la mejor estrategia para sus intereses electorales es dejar que Zapatero se siga cociendo en su propia salsa. La patronal y los sindicatos son también incapaces de ponerse de acuerdo sobre la reforma laboral que requiere la actual situación de grave crisis económica, lo que obligará al ejecutivo a imponerla por decreto el próximo 16 de junio como acaba de anunciar el Presidente del Gobierno.

Esto no ha sido siempre así, ni mucho menos. La transición política que vivimos hace treinta y cinco años a la muerte de Franco fue todo lo contrario. Entonces se buscaba el consenso, el acuerdo, y todos, absolutamente todos, tuvieron que renunciar a algo. Desde la elaboración y aprobación de la Constitución, hasta la puesta en marcha del Estado de las Autonomías o los ahora añorados Pactos de la Moncloa en materia económica son tres ejemplos de una larga lista de ese esfuerzo en la búsqueda del consenso que presidía la acción política.

¿Por qué ahora eso no es así? Seguramente habrá un conjunto de causas que mezcladas unas con otras produzca el estado tan desalentador al que me refería al comienzo de este artículo. Por un lado, es una obviedad que quien gobierna tiene más responsabilidad que nadie. En este sentido, desde que Zapatero llegó hace seis años a la Moncloa, eso que ha venido en denominarse el "espíritu de la transición" empezó a dilapidarse a una velocidad de vértigo. Zapatero reabrió viejos debates que de alguna manera estaban cerrados o al menos orillados en la sociedad española como el de la memoria histórica, la educación para la ciudadanía o puso en marcha medidas propias de su proyecto laicista radical tales como la equiparación de las uniones entre personas homosexuales al matrimonio entre un hombre y una mujer; o la reciente reforma de la ley del aborto que permite en la práctica el aborto libre en nuestro País.

Pero también ha influido la cortedad de miras de la clase política, mas centrada en sus intereses partidistas que en los de los ciudadanos. La denominada "casta política" acumula un enorme desprestigio al que no es ajeno los abundantes casos de corrupción que se dan en todos los partidos y la falta de reacción y de medidas para atajarlos. En unos y en otros prima el corto tactismo político. Únase esto a la también evidente pérdida de talla personal, profesional y política de los actuales dirigentes en comparación a los de hace unos años, para dibujar un cuadro ciertamente desalentador. No es un consuelo, ni mucho menos, recordar eso de que cada País tiene a los gobernantes que se merece. Personalmente me niego a aceptar eso porque hacerlo sería casi como llamar tontos a los once millones de ciudadanos que con su voto decidieron que Zapatero esté en la Moncloa. Y, sinceramente, seguro que en España, como en todas partes, hay algún tonto, pero no tantos.

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