Durante décadas, el autismo tuvo rostro masculino.
Paralelamente, miles de niñas, adolescentes y mujeres observábamos en silencio. Aprendíamos a imitar patrones, a copiar gestos y a ensayar sonrisas frente a un espejo que nos devolvía una imagen cada vez más desgastada y una personalidad que se desdibujaba y se maltrataba.